El cielo de Roma se teñía de un violeta crepuscular mientras nuestro jet privado descendía hacia el aeropuerto de Ciampino. Desde la ventanilla, las cúpulas de la Ciudad Eterna parecían centinelas de piedra custodiando un pasado que ahora venía a reclamarme. Sentado frente a mí, Mavros observaba el horizonte con una fijeza letal. Ya no era el Capo exuberante de Manhattan; en suelo italiano, su presencia se había vuelto más oscura, más contenida, como la de un lobo que regresa a un territorio do