El amanecer en las Tierras Altas era una herida de color malva sobre un cielo de acero. El castillo a orillas del Loch Ness se sentía más frío que de costumbre, o tal vez era yo, que me había convertido en un bloque de hielo desde que el diario de mi madre me reveló la traición de los Kyriakos. Me encontraba frente al inmenso ventanal del dormitorio, observando cómo la niebla se tragaba las aguas del lago, mientras Mavros dormía tras de mí con la profundidad de un guerrero que cree haber sofoca