El frío de las Tierras Altas no era como el de Suiza; este era un frío húmedo, que olía a turba quemada y a salitre antiguo, un frío que se colaba por las rendijas del alma y te obligaba a recordar cada pecado que habías cometido. En nuestro castillo a orillas del Loch Ness, el fuego de la chimenea era lo único que mantenía a raya la oscuridad que amenazaba con devorarnos. Mavros estaba en la sala de mapas, rodeado de pantallas táctiles que mostraban el despliegue de los "Lobos de la Niebla" al