El sonido de la llave girando en la cerradura de hierro fue como el disparo de gracia para nuestra relación. Me encontraba en la habitación más alta de la torre norte del castillo, un espacio que Mavros había transformado en una jaula de terciopelo y piedra fría. Las paredes de granito, humedecidas por la neblina escocesa que se filtraba por las aspilleras, parecían cerrarse sobre mí. Ya no había criados, ni Elpida, ni el calor de los niños. Solo estaba el eco de mis propios pasos y el peso del