El ruido de las aspas del helicóptero militar cortaba el aire de la noche sobre el mar Jónico como una cuchilla afilada. A lo lejos, las luces de Kythira Privée brillaban con una falsa tranquilidad. Para el exterior, la isla estaba oscura, abandonada tras la supuesta huida de la Matriarca. Era el cebo que habíamos dejado para Lorenzo de Saboya. Sabíamos que los mercenarios intentarían entrar por la ensenada sur, donde el acantilado es más accesible para las lanchas rápidas pero carece de sensor