Las murallas de La Valeta se alzaban ante nosotros como los dientes amarillentos de un gigante que se negaba a morir. Malta, la isla de la miel y la sangre, nos recibía con un calor sofocante que parecía emanar de las mismas piedras calizas de sus fortalezas. No entramos por el puerto principal bajo el sol del mediodía; lo hicimos al amparo de la hora azul, cuando las sombras se alargan y los pecados se camuflan entre los rezos de las iglesias. El Mavros IV permanecía anclado en aguas internaci