El puerto de Palermo se desvanecía en la penumbra del crepúsculo como un sueño de piedra y oro que se hundía en el mar. Desde la cubierta del Mavros IV, el aire ya no olía a los limones de Sicilia, sino a la salitre gélida y al metal de los motores que nos impulsaban hacia el sur. Habíamos dejado atrás un reguero de cenizas y tronos vacíos, pero la victoria en el Palacio Vatatzes se sentía incompleta. La sombra de la "Reliquia de Malta" se extendía sobre nosotros como una maldición que ni todo