La transición entre el letargo inducido por el gas anestésico de los Li Fonti y la fría lucidez de la conciencia artificial se sintió como un descenso a las fosas abisales del océano. No hubo un despertar cálido, ni la luz dorada que solía acariciar los jardines de mármol de Kythira; lo primero que golpeó mis sentidos fue el zumbido sordo, monótono y de baja frecuencia de los reactores nucleares de un Leviatán de acero que navegaba a trescientos metros bajo la superficie del mar. El aire que re