Mundo ficciónIniciar sesiónCuando Dante Adler, el implacable líder mafioso conocido como el Hijo del Diablo, arrasa la propiedad de uno de sus enemigos para cobrar una deuda de sangre, no espera encontrar nada con vida en los rincones más oscuros del sótano. Mucho menos a Ivanka Volkova, una joven muda, desnutrida y encadenada, una sombra rota por el cautiverio que parece haber olvidado lo que significa la libertad. Pero cuando las cadenas caen, el pánico absoluto a ser abandonada la lleva a tomar una decisión desesperada: aferrarse físicamente a su salvador como si fuera su único lazo con la vida. Dante, un hombre acostumbrado a la violencia y el control, se descubre incapaz de zafarse de ella sin lastimarla más, obligándolo a romper sus propias reglas para llevarla consigo. Lo que comienza como una tregua silenciosa en el entorno más privado de Dante pronto se transforma en una peligrosa obsesión territorial cuando el pasado de Ivanka regresa para reclamarla. Atrapado entre una inminente guerra de clanes y el orgullo de no ceder ante nadie, Dante se verá forzado a sellar un inesperado pacto como la única vía para mantenerla bajo su protección. Sin embargo, proteger a una mujer nunca ha sido sencillo para el Hijo del Diablo. Tiempo atrás, Branka, la única mujer que logró atravesar todas sus defensas, desapareció de su vida después de que una tragedia vinculada a su mundo criminal la hiciera cuestionar si realmente podía sentirse a salvo a su lado. Desde entonces, Dante juró no volver a involucrar a nadie en los peligros que lo rodean. Así que Ivanka tendrá que descubrir si firmar un pacto con Adler será su tumba o el único lugar donde finalmente estará a salvo. ¿Es posible proteger a alguien cuando todo lo que toca termina convirtiéndose en un objetivo?
Leer másCapítulo 1 —El olor a pólvora
El aire apestaba a pólvora, gasolina y sangre fresca.
Dante Adler caminó entre los restos de la mansión con el ceño endurecido por la frustración. Abel Fagundez había escapado minutos antes de que sus hombres cerraran el perímetro. El lugar ardía, los cadáveres seguían calientes y aun así el bastardo había logrado huir.
A su alrededor, los hombres terminaban de asegurar el perímetro, ejecutando a los pocos soldados enemigos que habían quedado atrás para cubrir la huida de su jefe. No había espacio para la piedad. No en el vocabulario de Dante.
Era el Hijo del Diablo, el mafioso más temido de la costa, y aquella noche estaba decidido a hacerle honor a su reputación.
Dante encendió un cigarrillo.
—Jefe —una voz rompió el silencio. El hombre se acercó con paso rápido—. El piso superior y las oficinas están limpios. Fagundez no dejó documentos, quemó todo antes de escapar. Pero encontramos algo más abajo. En la zona de las cocinas hay una puerta acorazada con triple cerrojo de seguridad. No figura en los planos.
Dante expulsó una densa nube de humo grisáceo por la nariz de manera lenta.
—Ábranla.
Descendieron por una escalera angosta de hormigón hasta el sótano más profundo. La humedad se pegaba a la piel. Al final del pasillo, dos hombres forzaban una enorme puerta de hierro con un ariete hidráulico. Los cerrojos cedieron con un estruendo metálico.
Dante esperaba dinero, armas o documentos. Pero detrás de aquella puerta había una celda.
Cadenas colgaban de las paredes. En un rincón, sobre un colchón mugriento tirado directamente en el suelo, había una joven encadenada.
Llevaba un vestido roto y sucio. Tenía las muñecas lastimadas por los grilletes y el cabello le caía desordenado sobre el rostro. Pero lo que hizo que Dante se detuviera fueron sus ojos; oscuros, vacíos y quietos. Ella no lloraba, no pedía ayuda, ni siquiera parecía sorprendida. Uno de los soldados levantó el rifle.
—¿La eliminamos?
La chica no reaccionó.
—Adler, joder, ella... ¡se parece muchísimo a Branka! —dijo Matías, amigo y mano derecha del hijo del diablo
—No digas estupideces, no se parece en nada —le respondió con furia, porque mirandola bien, sí se parecía
Dante desvió la mirada al otro hombre que apuntaba a la joven con su rifle..
—Baja la mal*dita arma.
El hombre obedeció de inmediato.
Dante avanzó lentamente hasta quedar frente a ella. En la clavícula izquierda distinguió un tatuaje con las iniciales de Fagundez. Una marca de propiedad. La mandíbula se le tensó.
—Córtenle las cadenas.
La cizalla partió el hierro con dos golpes secos. Los grilletes quedaron sueltos alrededor de sus muñecas y tobillos.
Dante se quitó la chaqueta y la dejó sobre los hombros de la joven.
—Eres libre —dijo con frialdad—. Este lugar va a arder. Vete.
Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia las escaleras. No llegó lejos. El sonido del hierro arrastrándose contra el suelo lo hizo detenerse.
La joven se había lanzado hacia adelante y se aferraba a su bota con ambas manos, abrazándole la pierna con desesperación. Dante soltó un insulto entre dientes.
—Suéltame.
Ella apretó más fuerte. Intentó avanzar y prácticamente tuvo que arrastrarla por el suelo. La chica seguía aferrada a él como si soltarlo significara morir. Y probablemente así era.
Dante se agachó de golpe para apartarla, pero cuando sus dedos rozaron las heridas de sus muñecas, ella se puso rígida y mostró los dientes apenas un instante, como un animal aterrado.
El gesto lo hizo detenerse. No era sumisión. Era puro instinto de supervivencia.
—Mal*dita sea...
La levantó en brazos de un solo movimiento. Ella escondió el rostro contra su pecho y se aferró a la tela de su camisa sin emitir un solo sonido.
La camioneta blindada avanzaba por la carretera mientras Dante fumaba junto a la ventanilla entreabierta. La chica seguía pegada a él. No hablaba, no lloraba. Pero sus dedos continuaban aferrados al pantalón de Dante justo encima de la rodilla.
—Jefe —dijo el conductor—. El médico ya está esperando en la clínica.
—Que la revisen y le quiten esos hierros.
La reacción fue inmediata. La joven levantó la cabeza de golpe y lo miró con un pánico brutal. Sus dedos se tensaron todavía más sobre la tela negra.
—Vas a una clínica, no a una ejecución —gruñó Dante.
Ella negó rápidamente con la cabeza.
Cuando la camioneta se detuvo, uno de los hombres abrió la puerta trasera y trató de ayudarla a bajar. Fue un desastre. La chica abrió la boca dejando escapar un gruñido ronco y se lanzó directamente contra Dante. Se aferró a su camisa mientras el cuerpo entero le temblaba con violencia.
—Jefe, yo...
—Tú, nada, lárgate, la asustaste —ordenó Dante.
El médico apareció en el callejón.
—Adler, necesito revisarla.
—Entraré con ella.
Entraron así a la clínica: ella pegada a su pecho y Dante visiblemente irritado.
La acostó sobre la camilla, pero apenas intentó apartarse, la joven volvió a aferrarse a él.
—No me voy a ir —dijo Dante, perdiendo la paciencia—. Quédate quieta.
Ella seguía mirándolo como si todo dependiera de que él no cruzara esa puerta. El médico se acercó con unas tijeras.
—Tengo que quitarle la ropa.
La joven observó al hombre unos segundos. Luego llevó lentamente las manos al vestido roto. Ella empezó a desvestirse sola; sin vergüenza, sin seducción. Como alguien acostumbrado a que exibieran su cuerpo. Dante le atrapó las muñecas de inmediato.
—No.
La chica se congeló.
—Mírame —ordenó él con dureza.
Ella levantó los ojos lentamente.
—No somos Fagundez. No tienes que hacer eso.
Por primera vez, algo parecido al desconcierto atravesó el miedo de la joven. El médico continuó la revisión mientras ella seguía aferrada a la manga de Dante.
Las heridas de las muñecas eran profundas. La desnutrición evidente. Pero cuando el doctor giró apenas su cuerpo para revisarle la espalda, Dante sintió que la sangre se le congelaba. Marcas, azotes y quemaduras. Un mapa completo de tortura. La mandíbula se le endureció tanto que dolió.
Aquellas cicatrices le revivieron algo que creía enterrado desde hacía tiempo. Durante un instante pensó en otro rostro, en otro par de ojos... Branka.
Habían pasado demasiado tiempo, pero seguía recordando aquella sensación; la impotencia, la amarga certeza de no haber sido suficiente cuando más lo necesitó. Apretó los dientes. No, esta vez no iba a repetir el mismo error.
—¿Y la voz? —preguntó Dante sin apartar la vista de ella.
El médico observó la garganta de la joven con una linterna.
—No veo daños físicos evidentes. Puede ser mutismo traumático. A veces la mente bloquea el habla después de abusos prolongados.
Dante miró a la chica. Ella entendía absolutamente todo. Eso era evidente.
—Necesita quedarse internada cuarenta y ocho horas —continuó el doctor.
La reacción fue instantánea. La joven volvió a alterarse. Se incorporó bruscamente y casi arrancó la vía del suero mientras se aferraba otra vez a Dante. El médico retrocedió.
—Adler...
Dante soltó un insulto. Tenerla allí era un problema. Llevársela era una estupidez aún peor.
Pero la mirada desesperada de la chica dejaba claro que si la obligaban a quedarse sola en esa clínica, terminaría colapsando.
—Preparen el equipo portátil —ordenó finalmente—. Se viene conmigo.
El médico abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver la expresión del mafioso.
Dante volvió a cargarla en brazos. Esta vez ella no escondió el rostro de inmediato. Sus ojos permanecieron abiertos, atentos, vigilándolo todo.
Cuando salieron de la clínica, Matías Colman apareció junto a la camioneta con una tablet en la mano y el rostro tenso.
—Dante, tenemos un problema —dijo sin rodeos—. Encontraron un segundo sótano oculto en la mansión de Fagundez. Había documentos, armas europeas y pasaportes falsos. Esto no era solo un refugio de traficantes.
Dante bajó lentamente la vista hacia la joven. Ella también había escuchado. Y por primera vez desde que la encontró, algo en sus ojos cambió; miedo, pero no sorpresa.
Capítulo 8 —La grieta en el muroDante se quedó unos segundos en el pasillo, con la pantalla del celular todavía encendida tras cortar con su madre. El peso de las cuarenta y ocho horas pactadas se le instaló en el pecho como una cuenta regresiva implacable. Se pasó una mano por el rostro, apagó el dispositivo y, en lugar de entrar de inmediato al departamento, buscó en su agenda el contacto de la única persona en la que confiaba ciegamente para manejar el trabajo sucio.Marcó el número de Matías Colman. Al segundo repique, su mano derecha y mejor amigo respondió con la rapidez de quien vive pegado a las frecuencias de radio.—Dante, dime que tienes buenas noticias, porque por aquí el agua empieza a hervir —saludó Colman sin preámbulos.—Necesito que intensifiques el análisis de todo lo que recuperamos en el segundo sótano de Fagundez ahora mismo, Matías —ordenó Dante, apoyando la espalda contra la pared del palier privado—. Discos duros, libros de contabilidad, registros de transport
Capítulo 7 —Línea directa con el nidoDante miró a Ivanka, que seguía sentada en la banqueta de la cocina observando la laptop cerrada.—Tengo que salir al pasillo un momento —le dijo, señalando la entrada—. Debo hablar con mis hombres, los que están apostados afuera cuidando el piso. Volveré enseguida.Apenas se movió un paso, Ivanka reaccionó. Se bajó de la banqueta con una rapidez que delató su nerviosismo y caminó hacia él, interceptándolo antes de que llegara a la puerta. Le puso una mano en el antebrazo, apretando los dedos con fuerza sobre la tela de su camisa. Sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par, llenos de esa desconfianza instintiva que aparecía cada vez que Dante intentaba dejarla sola o interactuar con el exterior.Dante se detuvo y bajó la vista hacia la mano de ella, luego le sostuvo la mirada para transmitirle calma.—Tranquila —le dijo, usando un tono firme pero suave—. No me voy a ir a ningún lado. Solo voy a cruzar la puerta del departamento. De hecho, pue
Capítulo 6 —El peso del secretoDante cerró la laptop de golpe. El sonido seco resonó en la penumbra de su habitación como un disparo sordo.Se quedó sentado al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en la alfombra negra donde, pocas horas antes, Ivanka había dormido hecha un ovillo. Las piezas en su cabeza se movían a una velocidad peligrosa. Ivanka Volkova... Bratva. Nueve años desaparecida en el limbo absoluto, borrada del mapa como si nunca hubiera existido, para terminar encadenada en el sótano de un bastardo de tercera categoría como Abel Fagundez.El impulso del depredador en su sangre le exigía cruzar el pasillo, sentarla en la isla de la cocina y vaciarle encima todas las preguntas que le quemaban la garganta. Pero Dante Adler no era un mafioso impulsivo; el control era su mayor arma. Recordó el pánico brutal en sus ojos cuando se le rompió el plato, la rigidez mecánica de su espalda desnuda esperando un castigo físico. Si la presionaba a
Capítulo 5 —Lo que sabeEl silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era el mismo de antes. Seguía siendo incómodo, denso, extraño… aunque menos salvaje. Ivanka ya no reaccionaba únicamente desde el miedo; ahora también observaba, evaluaba, intentaba comprender.Dante apoyó los antebrazos sobre la isla.—Reconociste el cuadro apenas entraste aquí.Ivanka bajó la mirada hacia su taza.—No es precisamente una pintura que alguien vea colgada en cualquier sitio —continuó él—. Así que voy a volver a preguntarlo. ¿Tu familia tiene algo que ver con él?Ella negó rápidamente con la cabeza. Demasiado rápido. Dante lo notó.—¿La familia Chenchenko? —preguntó entonces—. Los hombres a los que les quité el cuadro en Chicago hace un año. ¿Trabajaban con tu familia?Ivanka volvió a negar. Pero esta vez no sostuvo su mirada. Dante se recostó lentamente contra la silla.—Entonces tu familia lo tuvo antes que ellos.Ivanka quedó completamente quieta. Dante entrecerró apenas los ojos.La reac
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