El siseo del gas anestésico al filtrarse por las boquillas de alta presión del techo de titanio resonó en el habitáculo de cuarentena con la frialdad de un silenciador corporativo. El aire, antes saturado de pólvora y desinfectante, se volvió denso, portador de un dulzor químico que quemaba los alvéolos y entumecía los sentidos con la precisión de una ejecución matemática. Sentí cómo la rigidez de mis piernas fallaba, obligándome a deslizarme por el mamparo de hierro hasta que mis rodillas impa