El viento gélido de la costa escocesa barrió la superficie de la torreta de hierro del submarino con la fuerza de un látigo húmedo y cortante. Salí de la escotilla de escape vertical con los pulmones ardiendo por el aire puro del Mar del Norte, dejando atrás el olor a queroseno, cianuro y agua estancada que había convertido el vientre del Leviatán en nuestra penúltima fosa. El uniforme de confinamiento gris, empapado hasta las fibras, se adhería a mi cuerpo con la rigidez de una armadura barata