El rugido de las aguas negras del mar del Norte irrumpiendo en la sección de proa del submarino nuclear sonó como el impacto de un mazo hidráulico contra las costillas de un gigante moribundo. El acero de la Marina Real británica, diseñado para soportar las presiones abisales del Atlántico, comenzó a gemir bajo el volumen de la inundación desatada por el sabotaje del agente del MI6, cuyo cuerpo sin vida yacía ahora sobre el aluminio ranurado de la celda de aislamiento, con los labios teñidos de