El horizonte de Nueva York emergió entre la bruma del Atlántico como un sueño de acero y cristal que se negaba a pedir perdón por sus pecados. Después de meses de sangre en el Mediterráneo, de asaltar bóvedas vaticanas y quemar fortalezas milenarias en Malta, regresar a la ciudad donde fui subastada se sentía como volver al lugar de un crimen que nunca terminó de limpiarse. Las luces de Manhattan parpadeaban en la distancia, una constelación de ambición y traición que nos observaba mientras el