Mundo ficciónIniciar sesiónEn el viaje de miel, Lo que no esperaba Clara Vega era que su compañero de asiento en un vuelo de catorce horas fuera Adrián Castellanos. Su multimillonario jefe. Un hombre frío, calculador, estricto y tan distante que apenas recuerda su nombre en la oficina. Lejos de los fríos pasillos corporativos, bajo el calor tropical y las luces de una fiesta en un yate, la inquebrantable barrera entre el implacable CEO y su eficiente secretaria se desmorona. Una noche de vulnerabilidad y tensión innegable los lleva a cruzar una línea de la que no hay retorno. Pero volver a la oficina no será tan fácil. Detrás de las puertas de cristal, las miradas furtivas queman y la antigua frialdad del CEO se transforma en una cercanía peligrosa que amenaza con exponerlos a ambos. Y lo peor de todo: hay errores que no se pueden borrar de una agenda… porque Clara está embarazada, y ese bebé no solo cambiará su vida, sino que la obligará a enfrentarse a una de las familias más poderosas del país para protegerlo.
Leer más(Eduardo) No era solo verlo ahí. No era solo el título, ni la oficina, ni la forma en que todos empezaban a ajustar su comportamiento a su presencia como si siempre hubiera sido inevitable. Era la naturalidad con la que Adrián ocupaba un lugar que nunca le costó. Ese era el problema. Porque yo sabía lo que había detrás de esa empresa. Sabía lo que costaba mantenerla, sostener acuerdos, manejar egos, anticipar movimientos. Sabía lo que implicaba cada decisión… porque yo había sido quien las tomó cuando nadie más quiso hacerlo. Y ahora él llegaba, rompía el equilibrio en cuestión de horas y, peor aún, parecía dispuesto a seguir haciéndolo. No podía permitirlo. No después de todo lo que ya había perdido. Me quedé de pie frente al ventanal de mi oficina, observando la ciudad sin realmente verla, repasando cada detalle del día, cada reacción, cada punto débil que había dejado al descubierto. Adrián no era imprudente, pero sí era directo, y eso, en un entorno como este,
(Clara)No había sido un buen día, pero tampoco podía decir que me sorprendiera. Desde que entré a esa casa, todo parecía estar diseñado para desgastar, para probar, para empujar hasta el límite sin que nadie lo dijera en voz alta. Y ahora el trabajo… el trabajo no era un escape. Era lo mismo, con otro escenario.Pero lo que realmente no podía quitarme de la cabeza… era él.Adrián.No el que todos veían.No el heredero frío que había llegado a imponer orden, ni el hombre que en cuestión de horas había puesto a todos en su sitio sin levantar la voz.Vi algo más.Algo que nadie más estaba mirando.Cuando entré a su oficina, él estaba de espaldas, de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos y la postura demasiado rígida para alguien que estaba “bien”. La ciudad se extendía frente a él, enorme, ruidosa, llena de movimiento… y aun así parecía que no la estaba viendo.Parecía que estaba en otro lugar.—Buen comienzo —dije, apoyándome ligeramente en la puerta antes de cerrarla
(Adrián) Mi primer día de trabajo en la empresa que juré nunca pisar. La ironía no se me escapó ni un segundo. Durante años evité este lugar como si fuera una extensión de todo lo que no quería ser: control, imposición, decisiones que no eran realmente tuyas aunque te convencieran de lo contrario. Y ahora estaba ahí, cruzando esas mismas puertas con un título que no pedí… pero que tampoco iba a rechazar. No volví por lealtad. Volví por estrategia. Desde el momento en que entré al edificio, lo sentí. Las miradas no eran de bienvenida; eran de evaluación. Algunos fingían respeto, otros ni siquiera lo intentaban. No me molestó. Era mejor así. Prefería la resistencia abierta al falso apoyo. Lo que no esperaba era que empezaran tan rápido. —No es necesario cambiar la estructura —dijo Eduardo en cuanto entré a la sala de juntas, como si ya estuviera preparado para ese momento—. La empresa ha funcionado perfectamente hasta ahora. No me senté. —Va a seguir funcionando —respondí—, p
(Eduardo)Llegué a la mansión con el mismo ánimo con el que uno vuelve de un mal negocio que no pudo evitar. La cena había sido un desastre, y no precisamente por la comida. Sandra tenía una forma particular de irritarme, una mezcla de seguridad exagerada, sarcasmo constante y esa costumbre suya de comportarse como si cada lugar al que entraba le perteneciera. No era la primera vez que me encontraba con ella y, de hecho, esa era la parte más molesta.La primera vez casi me atropella; bajó de su auto como si la calle fuera suya y, por un segundo, estuve convencido de que iba a perder un pie por su entrada dramática. La segunda vez fue en la empresa, caminando como si estuviera en una pasarela, riéndose más alto de lo necesario, ocupando espacio como si el resto no importara. Y ahora, por supuesto, tenía que ser la mujer con la que querían casarme.Claro que tenía que ser amiga de Clara. Las mujeres como ellas siempre terminaban encontrándose.Me quité la corbata sin cuidado y dejé el s
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