Mundo ficciónIniciar sesiónEn el viaje de miel, Lo que no esperaba Clara Vega era que su compañero de asiento en un vuelo de catorce horas fuera Adrián Castellanos. Su multimillonario jefe. Un hombre frío, calculador, estricto y tan distante que apenas recuerda su nombre en la oficina. Lejos de los fríos pasillos corporativos, bajo el calor tropical y las luces de una fiesta en un yate, la inquebrantable barrera entre el implacable CEO y su eficiente secretaria se desmorona. Una noche de vulnerabilidad y tensión innegable los lleva a cruzar una línea de la que no hay retorno. Pero volver a la oficina no será tan fácil. Detrás de las puertas de cristal, las miradas furtivas queman y la antigua frialdad del CEO se transforma en una cercanía peligrosa que amenaza con exponerlos a ambos. Y lo peor de todo: hay errores que no se pueden borrar de una agenda… porque Clara está embarazada, y ese bebé no solo cambiará su vida, sino que la obligará a enfrentarse a una de las familias más poderosas del país para protegerlo.
Leer más(Adrián) Nunca me gustaron los hospitales. Hay algo en sus pasillos que me revuelve el estómago: el olor a antiséptico, el zumbido monótono de las máquinas, esas luces fluorescentes que exponen cada una de tus debilidades. En ese entorno, la ilusión de control que tanto me esfuerzo por mantener se desmorona. Todo depende de variables que no puedo meter en una hoja de cálculo. Y yo odio no tener el control. Pero esa noche no era una empresa lo que estaba en juego. Era ella. Por eso, cuando los médicos anunciaron que era hora de trasladarla a la sala de partos, ni se me pasó por la cabeza quedarme en el pasillo con el resto del grupo. Dejé atrás a Eduardo con su traje de gala arrugado, a Sandra con el maquillaje corrido, a Laura llorando de los nervios y a Alex intentando mantener la calma. Me puse la bata estéril, el gorro y los patucos con las manos temblorosas, sintiendo que el aire se me escapaba del pecho. Cuando entré a la sala, el ambiente era una mezcla de calma profesion
( Clara) Si alguien me hubiera dicho un año atrás que terminaría sentada en la boda de Eduardo y Sandra, embarazada de gemelos, casada con el jefe que una vez me aterrorizaba, me habría reído en su cara. Y sin embargo ahí estaba. Con los pies hinchados, un vestido que había dejado de ser cómodo hacía aproximadamente tres horas y un esposo que llevaba toda la noche actuando como si estuviera transportando cristal en lugar de una mujer embarazada. —¿Estás bien? —preguntó Adrián por quinta vez en menos de diez minutos. Lo miré. —Sí. Dos minutos después. —¿Segura? Levanté la empanadita que tenía en la mano. —Estoy comiendo. Claramente estoy bien. Él no pareció convencido. Sandra pasó corriendo frente a nosotros riéndose mientras Eduardo la seguía con una expresión completamente derrotada y enamorada al mismo tiempo. Ella llevaba los zapatos en la mano porque ya no soportaba los tacones y él sostenía el velo doblado sobre el brazo como si fuera el asistente personal de su prop
( Eduardo) Nunca pensé que terminaría casándome en un jardín pequeño. De verdad no lo pensé. Durante años imaginé algo completamente distinto. Una boda enorme, llena de personas importantes, luces, fotógrafos, empresarios y sonrisas falsas. Algo elegante, impecable y vacío. El tipo de evento que parecía una fusión empresarial disfrazada de amor. Pero entonces apareció Sandra. Y de alguna manera ella tomó todas las ideas que tenía sobre la vida, las rompió una por una y me enseñó algo mejor. El jardín era pequeño, intimo, y hermoso. Había luces colgadas entre los árboles, flores blancas por todas partes y mesas decoradas con una mezcla extraña entre elegancia y caos porque Sandra y Clara habían pasado semanas organizándolo todo mientras Laura intervenía cada cinco minutos con ideas absurdas que, para desgracia de todos, a veces funcionaban. No había cientos de invitados ni mesas llenas de desconocidos. Solo estaban ellos, nuestra gente y nuestra familia. Miré alrededor
(Clara)Todavía seguía sonriendo cuando llegamos a casa esa noche. La propuesta había sido preciosa. Ridículamente preciosa.Sandra había llorado tanto que terminó arruinándose el maquillaje, Eduardo fingió que no estaba llorando aunque tenía los ojos completamente rojos, y Laura seguía insistiendo en que ella era la verdadera mente maestra detrás de todo porque había elegido «la iluminación». Alex, por su parte, la había amenazado con subir el video donde ella lloraba incluso más que la novia.Y en medio de todo eso estaba yo. Feliz. Muy feliz. Pero con una pequeña punzada escondida en el pecho que no terminaba de desaparecer.Entré al apartamento mientras Adrián cerraba la puerta detrás de nosotros. El silencio de la casa se sintió extraño, casi denso, después de tantas risas. Me quité los zapatos con un suspiro y me dejé caer sobre el sofá. Adrián apareció inmediatamente frente a mí.—¿Cansada? —preguntó.Negué con la cabeza, esbozando una media sonrisa. —No.Él no respondió. Sol










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