(Adrián)
Nunca me gustaron los hospitales. Hay algo en sus pasillos que me revuelve el estómago: el olor a antiséptico, el zumbido monótono de las máquinas, esas luces fluorescentes que exponen cada una de tus debilidades. En ese entorno, la ilusión de control que tanto me esfuerzo por mantener se desmorona. Todo depende de variables que no puedo meter en una hoja de cálculo. Y yo odio no tener el control.
Pero esa noche no era una empresa lo que estaba en juego. Era ella.
Por eso, cuando