Descubrí dos cosas el día de mi boda: que mi prometido era un idiota… y que los hoteles cinco estrellas no ofrecen reembolso por trauma emocional.
Yo tenía mi habitación para prepararme, con vista panorámica, flores blancas y una bandeja de frutas que nadie había tocado porque estaba demasiado ocupada convirtiéndome en una novia ilusionada.
Él tenía la suya.
La diferencia es que en la suya había actividad física no incluida en el itinerario.
Ahora estaba sentada en el suelo de mi propia suite, todavía con la bata de seda que decía Bride en la espalda, llorando con una intensidad que probablemente activaría la alarma contra incendios si el sistema detectara dramatismo excesivo.
Mis amigas seguían vestidas con sus trajes de dama porque, técnicamente, el evento aún no había sido oficialmente cancelado, solo moralmente destruido.
—No puedo creerlo —dijo Laura, caminando de un lado a otro sobre la alfombra carísima—. No puedo creer que se acostara con la organizadora de la boda. Es como si el ladrón hubiera sido el guardia de seguridad.
—En su habitación —añadió Sandra—. En el mismo hotel. A dos pisos de donde tú estabas poniéndote el vestido de novia.
Eso era lo que más me dolía.
No solo me engañó, me traicionó el día más importante de mi vida, apunto de decir acepto.
—La suite la pagué yo —dije entre sollozos que ya no intentaba disimular—. Ambas suites. Las pagué con mis ahorros. Con mis años de trabajo, con mis fines de semana extras, soportando al imbecil de mi jefe, ahora estoy financiando su infidelidad.
Sandra hizo un sonido que parecía el rugido de una leona con problemas de ira.
—Debiste empujarlo por el balcón.
—Debí matarlos —murmuré dramáticamente mirando el techo decorado con molduras elegantes—. Debí hacerlo., pero fui muy cobarde.
—No eres cobarde —dijo Laura—. Solo no querías arruinar el hotel con un cadáver.
En medio del caos alguien llamó a la puerta, tres golpes firmes, seguros, imposibles de confundir, y sentí cómo el corazón se me detenía porque reconocería ese ritmo en cualquier parte del mundo. Mi padre.
Durante un segundo absurdo pensé en fingir que no estaba, como si pudiera desaparecer junto con el desastre, pero la manija giró casi de inmediato y allí estaba él, con el traje impecable que había elegido para entregarme en el altar, con esa expresión expectante de hombre orgulloso que no estaba preparado para encontrarse con su hija sentada en el suelo, llorando en una habitación que olía más a tragedia que a flores blancas.
Se quedó inmóvil al verme en el suelo, rímel corrido, rodeada de cajas con recuerdos de boda y amigas vestidas como si acabaran de sobrevivir a una guerra romántica.
—¿Clara? —preguntó lentamente—. ¿Por qué no estás lista?
Tragué saliva.
No quería que supiera.
Mi papá trabajó toda su vida solo para darme lo mejor, siempre diciéndome que yo merecía un hombre que me cuidara, que me respetara, que me amara como él me amaba como padre.
No quería ser la hija a la que engañaron en su propia boda.
Pero Sandra no nació con el don del silencio.
—El imbécil estaba acostándose con la organizadora —soltó, cruzándose de brazos.
El silencio que siguió fue tan pesado que creo que incluso el aire dejó de circular.
El rostro de mi padre cambió.
No fue inmediato.
Fue lento.
Sus ojos pasaron de confusión a incredulidad y luego a algo mucho más peligroso.
—¿Qué dijiste? —preguntó con una calma que daba miedo.
Yo conocía esa calma.
Era la misma que usaba cuando alguien intentaba aprovecharse de mí en la escuela.
Y yo sabía algo más.
Mi padre era perfectamente capaz de cometer un homicidio en nombre del honor familiar.
—Papá… —empecé, levantándome demasiado rápido.
Pero él ya se había girado hacia la puerta.
Y salió.
—Oh, no —susurré.
Porque si Daniel todavía estaba en su habitación… y mi padre lo encontraba primero…
La boda no sería lo único cancelado ese día.