Sus manos se movieron con seguridad, pero sin prisa, recorriéndome como si quisiera memorizar cada detalle. Yo respondí sin pensar, dejándome llevar, olvidando por completo quién era él allá afuera… y quién se suponía que debía ser yo. Nos acercamos más, como si la distancia ya no fuera una opción, como si ambos hubiéramos llegado al mismo punto sin necesidad de decirlo. El tiempo dejó de importar. Solo quedó la forma en que me miraba, la manera en que me sostenía, y esa sensación intensa de estar, por fin, en el lugar exacto donde quería estar. Nos desnudamos con urgencia, como si la ropa se hubiera convertido en un obstáculo entre lo que sentíamos y lo que ya no podíamos ignorar. Cuando su cuerpo quedó frente al mío, por un segundo olvidé cómo respirar. Era… perfecto. Cada línea marcada con precisión, cada músculo definido bajo la piel pálida que contrastaba con el calor del ambiente, como si hubiera sido esculpido con el mismo cuidado con el que él construía todo en su vida.
Leer más