Terminamos el desayuno y, después de revisar su reloj con ese gesto preciso que parecía marcar el ritmo de todo a su alrededor, Adrián se levantó de la mesa como si el siguiente paso ya estuviera decidido desde antes de sentarse, y con total naturalidad anunció que mi primer trabajo sería en la playa antes de girarse y caminar hacia la salida del restaurante sin esperar respuesta, lo que me obligó, casi por inercia, a seguirlo mientras apresuraba el paso para no quedarme atrás.
En la oficina esa dinámica era habitual, él avanzando con determinación y yo adaptándome a su ritmo, pero en ese contexto todo se sentía diferente, menos estructurado y mucho más difícil de ignorar, sobre todo cuando atravesamos la zona de la piscina y el contraste entre la calma del entorno y la intensidad de mi situación se hizo evidente, recordándome brevemente el tipo de viaje que había imaginado tener, uno tranquilo, sin complicaciones, antes de aceptar que ese plan ya no existía y que ahora estaba allí, trabajando con él.
Aceleré un poco más el paso cuando llegamos a la arena, tratando de mantener la compostura a pesar de que cada movimiento requería más esfuerzo del que estaba dispuesta a admitir, mientras Adrián seguía avanzando con la misma seguridad de siempre, como si el terreno no representara ningún obstáculo, como si todo se ajustara a su paso sin necesidad de adaptarse.
Fue en ese momento cuando lo miré de verdad, no como mi jefe, sino como hombre, permitiéndome por primera vez notar detalles que antes había ignorado deliberadamente: la camisa de lino clara ligeramente abierta en el cuello, las mangas remangadas de forma descuidada que dejaban ver sus antebrazos, los pantalones claros que seguían el movimiento de su cuerpo con naturalidad y esas gafas de sol que ocultaban parte de su expresión, pero no lo suficiente como para suavizar la impresión que provocaba.
Había algo en él que siempre había estado ahí, algo que en la oficina quedaba disimulado entre reuniones y formalidades, pero que en ese entorno resultaba imposible de ignorar, una mezcla de seguridad, control y presencia que no necesitaba esfuerzo para imponerse, porque simplemente existía.
No necesitaba llamar la atención, porque inevitablemente la tenía.
Y lo peor era que ahora yo lo sabía, porque después de haber sentido su cercanía, de haber estado lo suficientemente cerca como para descubrir una versión de él que no mostraba a nadie más, ya no podía engañarme pensando que era solo mi jefe, lo que hacía que cada vez que lo miraba, algo dentro de mí reaccionara antes de que pudiera evitarlo.
Eso no era solo atracción, era algo más complejo, más difícil de controlar, y definitivamente más peligroso, porque implicaba que mantener la distancia ya no dependía solo de la lógica… sino de algo que no estaba segura de poder dominar.
Caminamos varios minutos por la playa hasta alejarnos de la zona más concurrida del hotel, donde el ruido de las conversaciones y la música se desvanecía poco a poco, dejando solo el sonido constante del mar y el viento moviendo las palmeras a lo lejos.
Adrián no redujo el paso en ningún momento, como si supiera exactamente a dónde iba, y yo simplemente lo seguí, tratando de no quedarme atrás mientras la arena hacía que cada paso fuera más lento de lo que me gustaría admitir.
—¿Siempre trabaja incluso en vacaciones? —pregunté finalmente, más para romper el silencio que por verdadera curiosidad.
—Las oportunidades no respetan calendarios —respondió sin mirarme.
Claro.
Seguimos avanzando hasta que lo vi.
Un hombre descansaba en una tumbona apartada, con una copa en la mano y las gafas de sol cubriéndole el rostro, completamente ajeno al mundo, o al menos fingiendo estarlo. Su postura relajada contrastaba demasiado con la presencia de Adrián, que se detuvo frente a él con la misma seguridad con la que entraba a una sala de juntas.
—Señor Tanaka —dijo con cortesía.
El hombre bajó lentamente las gafas, observándonos con un gesto que mezclaba curiosidad y leve molestia por la interrupción.
Y así, sin más, comenzó la negociación… incluso en medio de la arena.
Su mirada se desvió hacia mí, recorriéndome con una calma demasiado intencional, deteniéndose apenas un segundo más de lo necesario.
—Castellanos —añadió con una sonrisa leve—, debo decir que tiene usted un gusto exquisito. Su mujer es una verdadera belleza.
El comentario me tomó completamente por sorpresa. Abrí la boca para corregirlo, lista para aclarar que solo era su secretaria, que no había absolutamente nada más entre nosotros…
Pero no llegué a decir una sola palabra.
La mano de Adrián se deslizó hasta mi cintura baja con una naturalidad peligrosa, firme, segura, como si ese lugar le perteneciera. Sus dedos se cerraron alrededor de mí y, con un leve tirón, me acercó contra su costado, eliminando cualquier espacio entre nosotros.
El impacto me robó el aire.
—Lo es —respondió.
Su voz sonó distinta.
—Ahora no estoy para hablar de negocios, pero tú y esta hermosa dama deberían venir a mi fiesta esta noche.
Su pulgar comenzó a moverse lentamente sobre mi cintura, un gesto sutil que, aun así, envió una corriente eléctrica directa por mi espalda.
—Estaremos allí, Tanaka.
El inversionista sonrió, claramente satisfecho, antes de volver a recostarse como si ya hubiera conseguido exactamente lo que quería.
Adrián no dijo nada más.
Solo me guió lejos de allí, su mano aún firme en mi cintura, como si soltarme no fuera una opción que estuviera considerando.
Caminamos unos metros sobre la arena hasta quedar lo suficientemente lejos, fuera del alcance de cualquier mirada curiosa.
Fue entonces cuando me detuve.
El calor de su mano seguía ahí, atravesando la tela, marcando cada punto donde me tocaba.
Pero él no se apartó.
Ni siquiera un poco.
—¿Por qué no le dijo que solo soy su secretaria? —pregunté, bajando la voz sin poder evitarlo, con el pulso latiéndome demasiado rápido.
Adrián no respondió de inmediato.
Su mirada descendió lentamente hacia mis labios, deteniéndose allí el tiempo suficiente para que mi respiración se desacompasara.
Luego volvió a mis ojos.
Levantó la mano libre y apartó con suavidad un mechón de mi cabello, rozando mi cuello con los nudillos de una forma que no tenía nada de profesional.
—Porque a partir de este momento, Clara… —murmuró, inclinándose apenas, lo suficiente para que compartiéramos el mismo aire—, para Tanaka y para todos los que estén en esa fiesta…
Hizo una pausa.
—No eres mi secretaria.
Sus dedos se deslizaron desde mi cintura hasta mi nuca, sosteniéndome con una lentitud calculada, casi posesiva.
—Eres mi mujer.
El mundo pareció detenerse un segundo.
Mi corazón… no.
—Eso es una mala idea —susurré, aunque mi voz no sonó tan convencida como debería.
Una leve sonrisa apareció en su boca.
No era la sonrisa corporativa.
Era otra.
Más peligrosa.
—Lo es —admitió—.
Pero no se apartó.
Al contrario.
Se acercó un poco más.
—Y aun así… lo haremos.
Mi respiración se volvió irregular.
—¿Y qué espera exactamente de mí?
Sus ojos volvieron a mis labios.
Sin disimulo esta vez.
—Que seas convincente —respondió—.
Su pulgar trazó un movimiento lento en mi nuca.
—Muy convincente.
El aire entre nosotros se volvió demasiado pesado, demasiado cargado, como si la línea que habíamos cruzado la noche anterior acabara de desaparecer por completo.