Llegué al restaurante del hotel diez minutos antes, no porque fuera especialmente puntual sino porque estaba aterrada. Mientras caminaba desde mi habitación había repasado la conversación en mi cabeza al menos treinta veces, y en cada versión el resultado era básicamente el mismo: él me despedía, aunque el estilo variaba. A veces era educado, casi corporativamente amable; en otras era brutalmente directo. Pero en todas terminaba exactamente igual: yo desempleada.
Cuando lo vi sentado en una mes