El vuelo fue incómodo.
No por turbulencia.
Por proximidad.
Horas compartiendo reposabrazos, silencios tensos y miradas que yo fingía no notar mientras intentaba concentrarme en una revista que no estaba leyendo. Cuando aterrizamos, pensé que lo peor había pasado.
Me equivoqué.
No había taxis disponibles.
Ni uno.
La fila era absurda y el calor húmedo de Bali no ayudaba a mi dignidad post–boda fallida. Adrián observó la escena con la calma de quien está acostumbrado a resolver problemas, hizo una llamada breve y cinco minutos después un vehículo negro se detuvo frente a nosotros.
—Compartiremos —dijo simplemente.
No era una pregunta.
Cuando fuimos a tomar las maletas, yo ya estaba lista para arrastrar la mía y demostrar independencia simbólica, pero él se adelantó y tomó ambas con facilidad.
—No es necesario —dije automáticamente.
Me miró apenas por encima del equipaje.
—Aquí no es mi secretaria.
Me quedé quieta un segundo.
Porque en dos años trabajando para él, jamás había tenido un gesto de atención que no estuviera relacionado con eficiencia laboral.
—Gracias —respondí, un poco más suave de lo que planeaba.
En el taxi, el silencio volvió a instalarse entre nosotros, hasta que el vehículo se detuvo frente a un hotel que parecía sacado de una postal exageradamente romántica.
Miré la fachada iluminada como si el hotel estuviera celebrando una historia de amor perfecta, luego leí el nombre grabado en letras doradas sobre el mármol impecable y finalmente lo miré a él, intentando procesar la coincidencia demasiado conveniente que nos había traído exactamente al mismo lugar, al mismo tiempo, como si el universo estuviera decidido a no dejarme vivir esta luna de miel fallida en paz.
—Qué coincidencia —murmuré cuando bajamos.
Pero no terminó ahí.
En recepción descubrimos que nuestras habitaciones estaban en el mismo piso.
Frente a frente.
Por supuesto.
Cuando el ascensor se abrió en nuestro nivel y caminamos por el pasillo alfombrado, tuve la extraña sensación de que el universo estaba escribiendo esta historia con demasiada intención.
Nos detuvimos frente a puertas opuestas.
Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario.
—Descanse, Vega.
Asentí.
—Usted también, señor.
Entré a mi habitación.
Y casi me da algo.
La cama estaba cubierta de pétalos de rosa. Había una botella de champán en hielo. Velas decorativas. Dos copas.
La suite de luna de miel.
Mi luna de miel.
Me quedé de pie en medio de la habitación sintiendo cómo la emoción que había logrado mantener a raya volvía a subir.
Me senté en la orilla de la cama y llamé a mi papá primero.
Le dije que estaba bien.
Que el viaje me haría bien.
Que no se preocupara.
Después llamé a Laura.
Luego a Sandra.
Sandra fue menos diplomática.
—Estás en un hotel romántico en Bali con tu jefe increíblemente atractivo al frente —dijo sin respirar—. Clara, si el universo te pone esa oportunidad en bandeja, la tomas. Sedúcelo. Escala socialmente. Véngate de Daniel.
—No voy a seducir a mi jefe —respondí, aunque mi voz no sonó tan firme como hubiera querido.
—Claro que no —dijo ella—. Pero si tropiezas accidentalmente sobre sus labios, tampoco te resistas demasiado.
Colgué antes de que siguiera dándome estrategias cuestionables.
Me di una ducha, me cambié por algo sencillo y decidí salir a caminar por el hotel porque quedarme mirando pétalos era una forma peligrosa de autocompasión.
El restaurante del hotel estaba iluminado con luces cálidas y música suave. Me detuve al verlo.
Estaba sentado solo en una mesa cerca de la terraza.
Estaba sin saco, con la camisa ligeramente abierta en el cuello como si incluso el clima hubiera logrado aflojar un poco su rigidez habitual, concentrado en la pantalla de su teléfono con esa expresión analítica que siempre parecía estar resolviendo algo importante. Podía ignorarlo, podía girar antes de que notara mi presencia, podía fingir que no lo había visto y mantener la distancia prudente que se supone debe existir entre un jefe y su secretaria en un hotel romántico en Bali.
Pero entonces levantó la vista.
Me vio.
Y sin alterar su compostura hizo un gesto leve con la mano, apenas inclinando la cabeza hacia la silla vacía frente a él, una invitación silenciosa que parecía más una decisión que una sugerencia.
Mi corazón reaccionó de una manera poco profesional.
Y, contra todo protocolo interno que intentaba activarse, caminé hacia la mesa.
—¿Su inversionista apareció? —pregunté, intentando sonar casual.
—Aún no —respondió—. Parece que disfruta hacer esperar a la gente.
Le ofreció una copa al mesero.
—¿Quiere una?
Miré el vino y luego a él miré a él.
¿Qué podría pasar por una copa con mi jefe en Bali?
—Solo una —dije.
La conversación fue sorprendentemente normal. Hablamos del vuelo, del hotel, del calor, incluso de Bali como destino. Él no mencionó trabajo. No mencionó mi esposo imaginario.
Después de la segunda copa —que definitivamente no había sido mi intención aceptar— la distancia entre nosotros parecía menos rígida.
—No parece feliz —dijo en voz baja.
Lo miré.
—No es una luna de miel tradicional.
Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario y el murmullo del restaurante pareció alejarse, como si el mundo hubiera decidido bajar el volumen justo en ese instante. Algo cambió en el aire entre nosotros, una corriente silenciosa que no tenía que ver con el vino ni con Bali ni con la casualidad demasiado conveniente de nuestras habitaciones frente a frente.
No recuerdo exactamente cómo pasamos de la mesa al ascensor. Solo sé que sus dedos rozaron los míos y no los aparté.
No recuerdo quién dio el primer paso.
Solo recuerdo que en un momento estábamos frente a frente, separados por una distancia prudente, y al siguiente esa distancia había desaparecido.
Su mano encontró mi cintura con firmeza, no brusca, pero decidida, como si llevara conteniéndose más tiempo del que yo imaginaba. La mía se apoyó en su pecho casi por instinto, sintiendo bajo la tela el ritmo acelerado que no coincidía con su apariencia siempre controlada.
Cuando me besó, no fue un gesto experimental ni dudoso.
Fue profundo.
Como si ambos hubiéramos llegado al mismo punto sin admitirlo en voz alta.
El mundo se redujo a respiraciones entrecortadas y a la manera en que sus dedos recorrían mi espalda con lentitud calculada, aprendiendo cada curva como si memorizar fuera parte de su naturaleza. Yo no fui tímida; después de todo lo que había perdido, no quería ser espectadora de mi propia vida otra vez.
La ropa dejó de ser importante.
No hubo prisas torpes, pero tampoco paciencia excesiva.
Fue una mezcla peligrosa de deseo acumulado y emociones mal procesadas. Sus labios descendieron por mi cuello, sus manos me acercaron más, y por primera vez en días no me sentí rechazada, ni invisible, ni suficiente a medias.
Me sentí elegida y deseada de una manera que jamás pensé que alguien que apenas puede recordar mi apellido me haría sentir.
Cuando me llevó hacia la cama, lo hizo sin romper el contacto, como si separarnos fuera una opción que ninguno estaba dispuesto a considerar. Cada caricia tenía intención, cada roce encendía algo que yo creía dormido desde antes de la traición.
Fue el tipo de unión que nace del choque entre orgullo herido y deseo genuino, entre control y rendición. Él dejó de ser el hombre distante del despacho y yo dejé de ser la secretaria impecable; éramos simplemente dos personas buscando olvidar —aunque fuera por unas horas— lo que nos había traído hasta allí.
Y cuando finalmente quedamos envueltos en sábanas revueltas y respiraciones aún desordenadas, su frente apoyada contra la mía, entendí que aquello no había sido un accidente.
Había sido una elección.
Y quizá la más imprudente de todas.
⸻
A la mañana siguiente desperté con la luz entrando por las cortinas y una sensación cálida a mi lado.
Abrí los ojos lentamente y durante unos segundos no supe exactamente dónde estaba. La habitación era amplia, luminosa, demasiado ordenada para el caos que recordaba vagamente, y entonces sentí el peso cálido y firme de un brazo rodeando mi cintura, sosteniéndome con naturalidad, como si esa hubiera sido siempre su posición.
Giré apenas la cabeza.
Adrián Castellanos dormía a mi lado.
Sin traje.
Sin corbata.
Sin la distancia profesional que lo envolvía cada mañana en la oficina.
Desnudo.
En mi cama.
Su expresión estaba relajada, casi tranquila, una versión de él que jamás había visto entre paredes de vidrio y contratos millonarios. El cabello ligeramente desordenado, la respiración profunda, la mano apoyada sobre mi piel como si no hubiera nada extraño en aquello.
Mi primera mañana oficial en Bali.
Y claramente no era el tipo de luna de miel que había planeado.
Me quedé inmóvil, mirando el techo, intentando recordar en qué punto exacto tomé la decisión que me trajo hasta aquí. Había venido para no perder dinero, para no sentirme derrotada, para demostrarme que podía sobrevivir sola.
Y ahora estaba compartiendo cama con mi jefe.
Mi jefe.
El hombre que ni siquiera recordaba mi nombre correctamente.
Una parte de mí quería levantarse sin hacer ruido, vestirse y fingir que aquello había sido un accidente tropical.
Otra parte, más peligrosa, se preguntaba qué pasaría cuando él abriera los ojos.
Porque lo que ocurrió anoche no tenía manual de recursos humanos.
Y claramente ya había tomado una decisión que no estaba en ningún contrato.