Capitulo 3

Al llegar a la pista, la música cambió a un ritmo más intenso y la pista de baile se llenó de parejas. De pronto, Lia lo vio frente a ella. Máscara negra, hombros anchos, porte imponente. Una sonrisa ladeada iluminó el rostro del desconocido, como si supiera un secreto que nadie más conocía.

Él se inclinó apenas y su voz grave envolvió a Lia como un susurro: —Eres la mujer más hermosa de esta noche.

El calor subió al rostro de Lia. Ella sonrió, sin poder evitarlo, y entonces él posó su mano firme en la cintura de ella. El corazón de la joven latió desbocado. "¿Quién es este hombre tan misterioso?", pensó. Su sola presencia parecía hipnotizarla.

Los ojos de ella recorrieron el rostro del desconocido en busca de alguna pista: sus ojos verdes brillaban detrás de la máscara, su nariz recta y perfecta, sus labios finos, tentadores, tan cerca que la mente de ella solo podía imaginar cómo se sentirían sobre los suyos. Las manos de Lia, casi sin querer, descansaron en el pecho de él. Bajo la tela del traje sintió el latido intenso de su corazón. Él la observaba con intensidad, como si leyera su alma.

—Te he estado observando desde que llegaste con tu amiga —dijo él, con una seguridad que la hizo temblar.

Lia levantó la mirada, sorprendida. —¿En serio? ¿Me estabas observando?

La sonrisa de él se ensanchó, peligrosa, encantadora. —Así es. Y me llamó la atención esa escena con esas personas que se atrevieron a molestarte. Dime, ¿quiénes eran?

Lia rodó los ojos, con una mezcla de dolor y sarcasmo. —Un par de imbéciles. Mi ex y… mi prima. Prefiero no hablar más de ellos.

Él arqueó una ceja. —¿Ellos jugaron contigo?

—Así es. —La rabia se coló en la voz de Lia, pero también un extraño alivio por confesarlo.

La mirada de él se volvió más oscura, más intensa. —Entonces… tú también puedes jugar sucio.

Lia lo miró a los ojos y, por primera vez en toda la noche, le nació una sonrisa sincera. —Tienes razón. Esta noche solo quiero divertirme y olvidar.

Él la sostuvo un segundo más, como si saboreara sus palabras, y luego asintió con una expresión cómplice. —Eso es lo que deberías hacer.

La música llegó a su fin. Lia intentó apartarse, pero la mano de él no la soltó de inmediato. Sus dedos presionaron suavemente la cintura de ella, reteniéndola. —¿Ya te vas? —preguntó él.

Lia lo miró con picardía. —Por ahora.

Consiguió liberarse con una sonrisa y caminó hacia el jardín. El aire fresco acarició su rostro; respiró profundo, tratando de calmar el torbellino que sentía por dentro. Entonces, escuchó la voz de él detrás de ella: —No deberías dejarme tan pronto.

Se giró y allí estaba de nuevo. Su sonrisa seductora brillaba bajo la tenue luz del jardín. El corazón de Lia le gritaba que corriera, pero sus pies se quedaron firmes. "Déjate llevar", pensó Lia. Te lo mereces. Él —ese imbécil— está con tu prima. "Eres libre".

Él se acercó con paso seguro, como si el mundo entero le perteneciera. Su mirada se fijó en los labios de ella. Lia lo miró con una sonrisa. Él levantó su mano, sosteniendo una botella de whisky, y dijo con voz grave y serena: —Esto sirve para olvidar los malos momentos vividos. ¿Me acompañas?

Lia le devolvió la sonrisa. —Es una buena idea… esta noche quiero olvidar.

Caminaron juntos hasta una mesa en el jardín. Él rodó una silla con delicadeza, y ella se sentó. Luego, él sirvió un poco de whisky en la copa de ella; Lia lo tomó entre sus manos, mientras él se servía otro y levantaba su vaso. —Brindemos —dijo él con esa sonrisa que parecía peligrosa y dulce a la vez.

—¿Y cuál es el motivo del brindis? —preguntó ella, intrigada.

—Por nosotros —respondió él.

Chocaron los vasos suavemente, y ella bebió el licor de un solo trago. Sintió el calor recorrer su cuerpo. Él la observaba con esa mirada encantadora, su perfume la envolvía… y antes de darse cuenta, todo empezó a nublarse después de unas copas.

—Tengo unas ganas enormes de besarte… —susurró él, con una sinceridad que hizo estremecer a Lia.

La respiración de ella se cortó. No dijo nada, solo asintió con la cabeza. Sus labios rozaron los de ella primero con delicadeza, un roce lento que le robó un suspiro. Luego el beso se profundizó, cada vez más intenso, más urgente, como si les faltara el aire.

Las manos de él se aferraron a la cintura de ella, atrayéndola contra su cuerpo. Lia se aferró a los hombros de él, dejándose perder en esa sensación vertiginosa. Él interrumpió el beso apenas un instante, para mirarla con esos ojos verdes que parecían arder.

—¿Lo deseas? —preguntó, con la voz ronca.

La respuesta de ella fue un simple movimiento de cabeza, pero suficiente. Él tomó el brazo de Lia con firmeza y la guio a través del jardín, lejos del bullicio del salón. Caminaron hasta un rincón oscuro, donde una fuente apagada se alzaba como un secreto olvidado, y antes de que Lia pudiera darse cuenta, todo empezó a nublarse. Después de unas copas, perdió el conocimiento.

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