Capitulo 7

Lia se quedó mirando a su jefe, intentando descifrar el significado detrás de sus palabras. “Eres la única persona que puede ayudarme”, había dicho él con esa voz grave y segura que siempre lograba desarmarla. Ella tragó saliva, sintiendo cómo su garganta se secaba. El aire entre ambos se volvió denso, casi eléctrico.

—¿Qué clase de favor va a pedirme, señor Valenti? —preguntó ella con cautela, tratando de mantener la compostura aunque sus manos temblaran levemente sobre su falda.

Adrián se reclinó en su silla con esa seguridad natural que lo caracterizaba. Sus ojos verdes la observaron con una mezcla de decisión y algo que Lia no logró identificar: ¿incomodidad, tal vez? Entonces él sonrió, una mueca leve, pero suficiente para ponerla aún más nerviosa.

—Lia —dijo finalmente, pronunciando su nombre con una calma que la desconcertó—, tú me conoces mejor que nadie. Sabes que no soy un hombre fácil, ni alguien que se involucre en relaciones serias. No me gusta comprometerme con una sola mujer.

Ella arqueó una ceja, sin saber si él estaba confesando un pecado o preparando el terreno para algo peor. —Eso ya lo sé, señor Valenti —respondió, intentando sonar profesional—. Pero no entiendo a dónde quiere llegar con eso.

Adrián asintió lentamente, sin apartar la vista de ella. —Mi abuelo está muy enfermo —continuó, con el tono bajando—. Mi madre quiere que hoy mismo le presente a mi prometida… y temo que si no lo hago, su salud empeorará. Es un hombre de valores tradicionales, y necesita creer que estoy asentado, que tengo un futuro estable.

Lia abrió los ojos, sorprendida. —¿Y qué tengo yo que ver en todo eso? —preguntó con un hilo de voz, sintiendo un nudo formándose en su estómago.

Adrián sonrió, y esa expresión la puso aún más tensa. —Quiero que tú seas mi prometida de mentiras.

Por un instante, la mente de Lia se quedó completamente en blanco. Escuchó sus propios latidos resonando en sus oídos, vertiginosos, desbocados. «Ah, no… esto no puede estar pasando», pensó mientras sentía cómo su cuerpo se tensaba ante semejante locura.

—¿Usted sabe lo que me está pidiendo, señor Valenti? —dijo ella al fin, apenas encontrando su voz.

Él se enderezó en la silla, apoyando los codos sobre el escritorio. —Lo sé, Lia. Sé que es una locura. Pero solo necesito que actúes como mi prometida por un tiempo… digamos, seis meses. Hasta que todo retome su curso habitual. Después de eso, podrás volver a tu vida y nada de esto habrá pasado.

Lia lo miró incrédula. —¿Una prometida de mentira? —susurró, sin poder creerlo.

—Exactamente —respondió él sin titubear—. Una sustituta temporal… hasta que aparezca la mujer ideal para mí.

Sus labios se abrieron, pero ninguna palabra logró salir. Lia se quedó mirándolo, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Adrián se puso de pie, caminó lentamente hacia ella y se detuvo frente al escritorio, a solo unos pasos de distancia. Su voz bajó un tono, volviéndose más persuasiva. —Te pagaré muy bien, Lia. Tendrás una tarjeta bancaria sin limitaciones. Podrás comprarte lo que quieras: joyas, ropa, un coche nuevo, incluso un apartamento si lo deseas. Solo necesito que me ayudes con esta farsa, al menos por un tiempo.

Las manos de Lia se crisparon sobre sus rodillas. —Esto no tiene sentido —murmuró—. No puede comprar una vida, señor Valenti. —No intento comprar una vida —dijo él, acercándose un poco más al escritorio—. Estoy intentando proteger a mi familia. Y tú eres la única persona en quien confío lo suficiente para hacerlo.

Sus palabras la desarmaron. No sabía qué decir. En el fondo, algo en la mirada de Adrián le hacía pensar que esa no era solo una farsa para él. Pero antes de que ella pudiera responder, su teléfono vibró sobre el escritorio. Lia miró la pantalla y su corazón se detuvo: era Daniel.

Adrián también vio el nombre en la pantalla y su expresión cambió, tornándose más fría y calculadora. —Tu prometido —dijo, casi en un susurro, pero con un tono que cortó el aire.

Lia tragó saliva, sintiéndose expuesta. —Exprometido —corrigió, en voz baja. Pero él no la escuchó.

Adrián asintió con una media sonrisa. —Habla con él, si quieres —dijo, con un dejo de ironía—. Dile que te estoy proponiendo un acuerdo. Solo seis meses, y luego podrán casarse… si es que aún lo deseas.

Sus palabras golpearon a Lia como una bofetada. Ella se levantó de inmediato, con el corazón desbocado y la respiración temblorosa. —¿En verdad cree que voy a aceptar semejante locura? —espetó, sin poder contener la ira que le subía a la garganta.

Él también se puso de pie, sin perder la compostura. La miró con esa frialdad que a ella le exasperaba y, al mismo tiempo, le intrigaba. —Piensa en tu familia, Lia —dijo despacio, como si midiera cada palabra—. No te hablo solo de dinero. Te hablo de una oportunidad. De cambiar tu vida, de ayudar a alguien que te lo agradecerá de por vida… y sí, de la salud de mi abuelo. No tengo otra opción, y tú eres perfecta para este papel.

—¿Perfecta? —repitió ella, dolida—. ¿Para mentirle a su familia? ¿Para convertirme en una farsa más de su vida?

Adrián suspiró, y por un instante su mirada se suavizó. —Eres más que eso, Lia. Pero, por favor… piénsalo.

Sin decir más, tomó su chaqueta y se marchó, dejándola sola en la oficina. Lia se quedó allí, inmóvil, mirando la puerta cerrarse detrás de él. Su respiración se volvió irregular; no sabía si quería gritar o llorar. «Una tarjeta sin límites, un apartamento, una vida diferente…», repetía en su mente. Era una oferta tentadora, una promesa de libertad, pero también una trampa.

Se pasó las manos por el rostro, quitándose los lentes. Sintió el cansancio apoderarse de ella junto con una avalancha de dudas. ¿Qué dirían sus padres si supieran esto? ¿Qué pensaría su madre si supiera que su hija estaba considerando fingir un compromiso por dinero?

Las horas pasaron sin que se diera cuenta. Al fin salió del trabajo, con el atardecer tiñendo el cielo de tonos naranjas. Mientras esperaba el autobús, intentando ordenar sus pensamientos, escuchó una voz conocida detrás de ella. —Lia…

Su cuerpo se tensó al instante. Se giró lentamente y allí estaba Daniel. Su presencia la golpeó como una corriente helada. Él vestía de forma informal, con ese mismo aire confiado que antes le resultaba encantador y que ahora solo le provocaba rechazo. —¿Qué haces aquí? —preguntó ella con frialdad.

—Lia, por favor… déjame hablar contigo.

—No hay nada de qué hablar —respondió cortante—. Hasta donde sé, te casarás con mi prima. Magnífica elección. A mí me hiciste a un lado sin pensarlo dos veces.

Daniel dio un paso hacia ella con una expresión de arrepentimiento que a Lia le resultó casi patética.

—No es lo que tú crees, yo… —¡Basta! —lo interrumpió—. No quiero escuchar tus mentiras.

Él la tomó del brazo con fuerza. —Por favor, escúchame.

Lia intentó soltarse, pero el agarre de él se endureció. Su corazón latía con violencia; una mezcla de miedo y rabia le subió por la garganta. —¡Suéltame, imbécil! —gritó con todas sus fuerzas, atrayendo la mirada de algunas personas que esperaban el autobús.

Y entonces escuchó una voz detrás de ella. Una voz profunda, fría y autoritaria que cortó el aire como un filo. —Creo que te dijo que la soltaras.

El cuerpo de Lia se paralizó. Giró la cabeza lentamente y lo vio. Adrián Valenti estaba allí, de pie, imponente, con su traje perfectamente ajustado y esa mirada que parecía capaz de congelar el tiempo. No supo en qué momento apareció, pero verlo ahí la dejó sin aliento.

Daniel soltó el brazo de Lia de inmediato. Adrián dio un paso hacia ellos, irradiando una mezcla peligrosa de poder y control. —¿Algún problema aquí? —preguntó con voz baja, pero su tono llevaba una advertencia implícita.

Daniel retrocedió un poco, intentando recuperar su orgullo. —No, ninguno. Solo estábamos hablando.

Adrián clavó sus ojos en él. —Lo que yo veo es que la estás obligando a algo que ella no quiere. Mejor lárgate.

El silencio que siguió fue tenso y cortante. Daniel bajó la mirada, murmuró algo inaudible y se alejó sin mirar atrás. Lia se quedó quieta, con el corazón desbocado. Adrián se volvió hacia ella, y su voz se suavizó apenas. —¿Estás bien?

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