Renacer en lo inexplorado
La existencia habitual de Lia, modesta y sin complicaciones, empezó a transformarse aquella velada en la que, con el corazón desgarrado y tras haber disfrutado de varias copas, se vio envuelta en una apasionante aventura efímera con un desconocido.
Debía dirigirse a su lugar de trabajo. Lia cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, deseando evadir la cruda realidad que le esperaba. La cama era amplia y, al observar el entorno, se dio cuenta de que estaba completamente sola. A pesar de sus esfuerzos por rememorar cómo había llegado a ese lugar, su mente permanecía vacía. El rostro y el nombre del hombre se habían desvanecido de su memoria; todo era un torbellino, sumido en una bruma de licor y sentimientos intensos.
—Mmm... —Sus párpados le pesaban como si estuvieran cubiertos de oro, y su cuerpo se sentía rendido, como si hubiera pasado por una experiencia opulenta. ¿Acaso ya había llegado la mañana? Aquella cama era tan exquisita y acogedora que podría haber permanecido allí eternamente. Sin embargo, un repentino destello de lucidez la llevó a abrir los ojos de manera abrupta. ¡Estaba convencida de ello! Aquel no era su lecho. ¿En qué lugar se encontraba? Entreabrió los párpados ante el resplandor del sol que se colaba a través de una hendidura en la cortina, iluminando delicadamente su rostro. La fatiga y el malestar de la resaca empañaban sus ideas; sin embargo, con el tiempo logró ponerse de pie y examinar su entorno.
Se encontraba en una suite de hotel, no una cualquiera, sino una que desprendía lujo, con un tapiz de un profundo tono borgoña y adornos dorados que relucían sutilmente en la semioscuridad. ¿Qué le había ocurrido? ¿En qué lugar se encontraba su amiga? ¿Por qué no lograba evocar nada? Reflexionar en exceso solo le provocaba un dolor de cabeza aún más agudo. Miró rápidamente el reloj: el tiempo se había escapado y era hora de dirigirse a la oficina. Al desplazarse, la suave sábana acarició su piel y, al apartar la manta, verificó su suposición: se hallaba completamente despojada de vestiduras. Un estremecimiento de placer recorrió su cuerpo. ¿Qué ocurrió anoche? ¿Era posible que realmente hubiera compartido la cama con un desconocido? Observó su vestimenta esparcida por el suelo, como si hubiera sido despojada de ella de manera apresurada. Parpadeó, buscando aclarar sus pensamientos.
Tomó la decisión de confrontar la situación y retiró la sábana que cubría su cuerpo; su piel estaba adornada con las marcas de una velada apasionada. Experimentaba un suave malestar en la entrepierna, una sensación familiar luego de una noche de intensa pasión. Al abrir ligeramente las piernas, confirmó sus presagios: el ardor en su interior era inconfundible. Asimismo, al rozar su piel, percibió la exquisita humedad de sus propios néctares, aún vibrantes, deslizándose a lo largo de su hendidura. Observó sus dedos y constató que había experimentado un placer profundo y exquisito.
Sea quien fuera aquel hombre, supo exactamente cómo empujarla al extremo. Lia emitió un suspiro suave al contemplar la cama: desordenada, con varios preservativos usados a la vista en la habitación. Al menos, eso le dio cierta serenidad respecto a los peligros de contraer enfermedades o de enfrentar un embarazo inesperado.
¿En qué estaría reflexionando?, se preguntó con sofisticación. Aparentemente, la abundancia de preservativos sugería que debieron haber disfrutado de esos momentos en repetidas ocasiones, aunque los pormenores se le escapaban.
—¡Oh, no! —gritó al observar la hora en su teléfono móvil—. Si no me doy prisa, es probable que llegue con retraso a la oficina.
No contaba con el tiempo suficiente para regresar a su hogar. Era imperativo que se diera una ducha y se vistiera con rapidez. Se observó en el espejo y descubrió las huellas del amor adornando su cuello, hombros, pecho, vientre y muslos. Afortunadamente, la mayoría podría camuflarse bajo la vestimenta. Cubriría el chupetón en su cuello con una capa de corrector y un toque de maquillaje, mientras que su melena larga serviría como un velo para ocultarlo.
A medida que se arreglaba, destellos de la velada anterior emergían en su memoria: recuerdos nebulosos, pero intensamente claros. Al ingresar a la lujosa habitación del hotel, le vino a la mente la idea de besarlo con fervor. Él correspondió a su beso, la condujo delicadamente hacia la cama y comenzó a despojarla de sus prendas con manos firmes y seguras. Sus labios se deslizaron suavemente por el cuello de Lia, dejando huellas delicadas, mientras sus manos se aventuraban a descubrir cada parte de su cuerpo. Su boca se posó en los pechos de ella, acariciándolos con lamidos y succiones, provocando que se tornaran sensibles y de un hermoso tono rosado. Las marcas en los muslos de Lia eran la evidencia de sus delicadas caricias antes de explorar otras zonas. La sensación de ardor entre sus muslos era un testimonio de la intensa y apasionada conexión que había experimentado.
Su abdomen inferior ardía al rememorar cómo sus cuerpos se entrelazaron, cómo cada fibra de su ser vibraba al recibirlo con exquisitez. No podía evocar su imagen, pero la fuerza de su fervor permanecía grabada en su mente.
A medida que el tiempo se convertía en un adversario, se vio forzada a relegar esos recuerdos a un segundo plano. Se dio una ducha veloz, eligió la ropa más elegante que tenía disponible y se aplicó el maquillaje de la mejor manera posible. Al abandonar la habitación, la intensidad de aquella noche aún resonaba en su piel y en su ser, cuestionándose si en algún momento volvería a cruzarse con el enigmático enmascarado que, sin ser consciente de ello, había dejado una huella imborrable en su existencia.
Lia llegó a su sitio de trabajo con el corazón acelerado y un ligero temblor en las manos. Apenas cruzó la puerta, la primera persona que vio fue a su amiga Laura. Estaba frente a la máquina de café, con ese gesto entre curioso y preocupado que solo ella sabía poner cuando veía a Lia llegar tarde.
—¡Lia! —exclamó Laura en cuanto la vio—. Te busqué anoche, pero desapareciste sin dejar rastro.
Lia sonrió, aunque el cansancio apenas le permitía hacerlo. —Tengo muchas cosas que contarte, amiga —respondió, soltando un suspiro.
Laura la miró con complicidad, pero enseguida frunció el ceño. —Llegas tarde, y nuestro jefe llegó más temprano de lo habitual. Está de mal humor, así que ve antes de que te llame la atención.
Lia rodó los ojos y soltó una risita nerviosa. —Nos vemos a la hora del almuerzo. Te juro que tengo que contarte todo —dijo mientras caminaba hacia el ascensor.
El ascensor subió lentamente. Lia observó su reflejo en el espejo: los labios aún ligeramente hinchados, el brillo en sus ojos... «No, Lia, olvida eso», pensó. «Fue solo una noche, nada más».
Cuando llegó a su oficina, buscó su libreta y revisó los pendientes del día. Sus manos temblaban apenas al escribir la primera nota. De pronto, la voz que menos esperaba resonó a sus espaldas: —Señorita Lia.
Lia sintió un escalofrío. Levantó la mirada… y se quedó helada. Oh, por Dios. Esos ojos… esos ojos verdes. Eran idénticos a los del hombre de la máscara». No, Lia. Eso no es posible. «Contrólate», se dijo a sí misma.