Límites y espejismos
El trayecto hasta la residencia de Lia se había desarrollado en un silencio que pesaba más que las palabras no dichas. El motor del coche, un rugido contenido, parecía ser el único testigo de la creciente fricción entre ambos. Cuando Adrián detuvo finalmente el vehículo frente a la modesta fachada de la casa de Lia, el ambiente en el habitáculo era tan denso que resultaba casi irrespirable. La luz amarillenta de las farolas de la calle se reflejaba en los cristales, creando