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— La promesa rota
El reloj marcaba las siete y media cuando Lia Moretti apagó la pantalla de su computadora. El reflejo del monitor iluminaba su rostro cansado, pero en su mirada había algo distinto: una chispa de ilusión, un brillo de esperanza que la rutina no había logrado apagar. Esa noche quería sorprender a Daniel, su prometido. Llevaban semanas distantes por culpa del trabajo, y ella, en un arranque de nostalgia, había decidido revivir lo que los unía: el amor. Mientras recogía su bolso, repasó en su mente la idea que le parecía perfecta: una cena improvisada, un brindis con champán, risas hasta tarde. “Te amo. “No puedo esperar a verte”, le había escrito él esa mañana. Lia había sonreído al leerlo, sin sospechar que esas palabras se convertirían en una daga. Salió del edificio, y el aire fresco de la tarde le acarició el rostro. Caminó hasta una tienda cercana y, sin pensarlo demasiado, eligió una botella de champán francés. La dependienta le sonrió con complicidad. —¿Una ocasión especial? —preguntó. —Sí —respondió Lia con un hilo de voz—, voy a sorprender a mi prometido. Pagó, y mientras sostenía la botella entre sus manos, sintió un pequeño temblor de emoción. A veces los detalles más simples eran los que mantenían viva una relación. Esa noche quería recordarle a Daniel que el amor aún existía, que ella seguía ahí, creyendo en ellos. Durante el trayecto en coche, el tráfico parecía fluir con una suavidad inusual. Las luces de la ciudad titilaban como si el universo aprobara su plan. En la radio sonaba una canción romántica, y Lia la tarareó, imaginando la sonrisa de Daniel al verla llegar sin avisar. “Esta noche será nuestra.” Subió las escaleras del edificio con pasos rápidos, el corazón latiendo con fuerza. Sabía el código de la puerta; lo había memorizado desde hacía meses. Quería verlo sorprendido, feliz. Pero al abrir, el aire cambió. No había música, ni aroma a su perfume favorito, ni la calidez habitual del apartamento. Solo un silencio extraño, húmedo, que pesaba demasiado. Entonces lo oyó: un ruido ahogado, una respiración acelerada. —¿Daniel? —llamó, sonriendo aún, aunque algo dentro de ella empezó a inquietarse—. Amor, traje algo para ti. Nadie respondió. Avanzó un poco y lo primero que vio fueron unos zapatos rojos junto al sofá. Luego, una camisa rosada de mujer, arrugada, y un sujetador de encaje a pocos pasos. El corazón le dio un vuelco. La botella en su mano tembló. —No… —susurró, negando con la cabeza. Pero la negación se rompió en mil pedazos cuando escuchó una risa femenina, suave y contenida, seguida por la voz inconfundible de Daniel. El alma se le vació. Dio dos pasos más, y allí estaban. Daniel y Andrea. Su prometido y su prima, entrelazados en el sofá, desnudos, ajenos a todo. El cuerpo de él, la piel de ella, el sudor, las caricias… todo era demasiado real. Una escena imposible de borrar. La botella cayó. El vidrio se estrelló contra el suelo y el champán se esparció como una herida abierta. El sonido los despertó de su trance. Andrea chilló, cubriéndose torpemente con la sábana, mientras Daniel giraba el rostro, pálido, petrificado. —Lia… —tartamudeó—, no es lo que parece. Ella rio, una risa hueca, quebrada. —¿En serio, Daniel? ¿De verdad vas a decirme eso? Porque lo que parece es que te estás acostando con mi prima en el sofá donde me dijiste que me amabas. Andrea intentó hablar, su voz temblorosa. —Lia… yo… esto fue un error, no planeamos… —¡Cállate! —gritó Lia, con una furia que ni ella sabía que tenía—. ¡Tú eras como mi hermana! ¡Confiaba en ti! Andrea bajó la cabeza, y el silencio se llenó de respiraciones agitadas y de vergüenza. Daniel se puso los pantalones apresuradamente, sin atreverse a mirarla. —Escúchame, Lia —dijo al fin, con voz baja—. Fue un momento de debilidad. Las cosas entre nosotros estaban frías; tú trabajas todo el tiempo, y yo… —¿Y tú qué? —lo interrumpió ella, con los ojos enrojecidos—. ¿Decidiste calentar el vacío con mi sangre? ¡Porque eso es lo que hiciste, Daniel! ¡Te metiste en la cama con mi propia familia! —No lo digas así —replicó él, nervioso—. No fue planeado, pasó… —¡Pasó porque tú quisiste que pasara! —Lia dio un paso adelante, la voz cargada de rabia—. ¡Yo estaba aquí amándote, confiando en ti, soñando con un futuro, mientras tú me traicionabas a espaldas! Daniel levantó las manos, suplicante. —Lia, por favor. No arruines todo lo que tenemos por un error. Yo te amo, te lo juro. No quise herirte. Ella lo miró incrédula, soltando una carcajada amarga. —¿Amarme? ¿Así me amas? ¿Con ella? —apuntó hacia Andrea, que lloraba en silencio—. No sabes lo que es amar, Daniel. Lo tuyo es posesión, egoísmo. Él se acercó, intentando tocarla. Lia retrocedió bruscamente. —Ni se te ocurra. No me toques. No después de esto. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró. No, aún no. Había algo dentro de ella que se estaba endureciendo, un instinto de defensa, una pared que se alzaba entre lo que fue y lo que quedaba. Andrea se levantó lentamente, envuelta en la sábana. —Lia… te lo ruego. Yo… no quería hacerte daño. Fue una confusión, un momento… —¿Confusión? —repitió Lia, con voz helada—. ¿Le quitaste la ropa por accidente? ¿Se cayó sobre ti por error? No me trates como una idiota. Andrea bajó la mirada, sin poder responder. Daniel la observó con rabia contenida, como si la culpa de todo fuera de ella. —Ya basta, Andrea —dijo con el ceño fruncido—. Vístete y vete. Lia lo miró horrorizada. —¿Eso es todo? ¿La echas ahora, como si fuera una desconocida? Daniel apretó los puños. —No quiero discutir más. Lo que pasó fue un error, y quiero arreglarlo contigo. Las palabras flotaron en el aire, absurdas, sin peso. Lia lo miró largo rato, en silencio. Luego habló con una calma que helaba. —No hay nada que arreglar. Lo único que rompiste fue el respeto, Daniel. Y sin respeto, el amor no sirve de nada. Se inclinó, recogió del suelo el anillo que había caído de su dedo al temblar. Lo sostuvo un segundo entre los dedos, observando cómo el metal brillaba bajo la luz del salón. Luego se lo arrojó con fuerza al pecho. —Quédate con esto. Te queda mejor que a mí. Él intentó detenerla cuando tomó su bolso, pero ella ya no escuchaba. Cada paso hacia la puerta era una batalla ganada contra el dolor. Cuando su mano tocó el pomo, se giró una última vez. —¿Sabes qué es lo peor de todo? —susurró—. Que mientras tú jugabas a destruir lo que teníamos, yo seguía creyendo que eras el amor de mi vida. Salió sin mirar atrás. El pasillo olía a flores y lejía. La botella rota aún chorreaba champán sobre el suelo del apartamento, como si el amor se derramara junto con los cristales. Afuera, el viento soplaba fuerte, y por primera vez en meses, Lia sintió frío de verdad. Caminó sin rumbo, con la mente nublada. En cada esquina, el eco de su propio corazón le recordaba una verdad que dolía aceptar: el amor puede prometer eternidad… hasta que un solo momento lo destruye todo. Esa noche, Lia Moretti dejó de ser la mujer que soñaba con una boda, y comenzó a ser la mujer que aprendería a sobrevivir a una traición. Y aún no lo sabía, pero ese vacío sería el camino hacia alguien que cambiaría su destino para siempre.






