Tor odiaba la selva con una pasión que rozaba lo homicida. Odiaba el calor húmedo que se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa sucia. Odiaba el zumbido constante de los insectos que no respetaban ni siquiera a un depredador de la cima de la cadena alimenticia. Pero, sobre todo, odiaba el olor. La selva olía a vida y a muerte simultáneamente, un ciclo de podredumbre vegetal y humedad asfixiante que saturaba su olfato sensible de hombre lobo, impidiéndole detectar amenazas a más de cien