La Arquitecta del Caos

Tor odiaba la selva con una pasión que rozaba lo homicida. Odiaba el calor húmedo que se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa sucia. Odiaba el zumbido constante de los insectos que no respetaban ni siquiera a un depredador de la cima de la cadena alimenticia. Pero, sobre todo, odiaba el olor. La selva olía a vida y a muerte simultáneamente, un ciclo de podredumbre vegetal y humedad asfixiante que saturaba su olfato sensible de hombre lobo, impidiéndole detectar amenazas a más de cien metros.

Prefería el frío. El frío honesto, cortante y purificador de Finlandia. El frío que congelaba los pulmones y dejaba el mundo en silencio.

Llevaba cuarenta y ocho horas en aquella pista de aterrizaje clandestina, un pedazo de tierra roja arrancado a machetazos en medio de la frontera entre Brasil y Paraguay. Estaba apoyado contra el tren de aterrizaje del jet privado, con los brazos cruzados sobre su pecho masivo, observando la línea de árboles.

—Si no aparece en diez minutos, nos vamos —
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