Mundo ficciónIniciar sesiónSigrid fue la sombra más letal del Rey Alfa Einar: su Guardiana Beta, su espada ejecutora y la amante que calentaba su cama en secreto. Cuando una emboscada amenazó con aniquilar a la manada, ella se quedó atrás, tiñendo la nieve con su propia sangre para asegurar la huida del hombre que amaba. Él prometió volver por ella. Nunca lo hizo. Dada por muerta y abandonada en el Foso de Hielo, Sigrid es rescatada por los proscritos Lobos de Sombra. Allí, al borde de la muerte, descubre dos verdades que cambiarán el destino del continente: en sus venas corre la sangre pura de los antiguos Reyes Luna... y en su vientre lleva al heredero del hombre que la traicionó. Cinco años después, Einar gobierna con puño de hierro, pero su imperio se desmorona bajo una nueva amenaza. Desesperado, solicita la alianza de la mítica y despiadada "Reina de las Sombras". Lo que Einar no sabe es que la soberana enmascarada que cruza sus puertas no viene a salvar su reino, sino a reclamarlo. Y no viene sola.
Leer másEl frío de la piedra de obsidiana se filtraba por mis rodillas desnudas, pero no era nada comparado con el hielo que me devoraba el pecho.
Estaba arrodillada en el centro del Altar de las Sombras, una caverna profunda iluminada únicamente por el resplandor fantasmagórico de las antorchas de fuego negro. En mi mano derecha, temblorosa, sostenía una daga de plata pura. El metal, verdugo de tantas batallas, reflejaba la luz trémula, sediento de la sangre que estaba a punto de ofrecerle.
—Estás dudando, loba —la voz resonó a mis espaldas, un barítono rasposo, oscuro y vibrante que erizó cada vello de mi nuca.
No necesité girarme para saber que Haldor estaba allí. Su presencia era como una tormenta contenida, una presión atmosférica que te obligaba a bajar la cabeza por puro instinto de supervivencia. Sentí su calor masivo cuando su cuerpo se detuvo a escasos centímetros de mi espalda; sin quererlo, podía percibir el leve roce de su capa de piel de huargo negro contra mis hombros desnudos.
Haldor, el Alfa de los Lobos de Sombra, también conocido como el guerrero ciego, era una leyenda proscrita que el continente entero temía pronunciar. Sabía que no podía ver la daga en mi mano con sus ojos, cubiertos perpetuamente por una gruesa tira de cuero curtido y marcado con runas antiguas, pero no le hacía falta. Sus ojos, especiales desde nacimiento, no eran ciegos como nosotros lo entendíamos, "veían" con trazos de luz tan intensos que traspasaban las capas de la naturaleza misma.
En este momento, y a través de su propio poder, él "veía" el terror en el ritmo errático de mi pulso, saboreaba la humedad de mi miedo en el aire y sentía la fricción de mi alma a punto de desgarrarse.
—No estoy dudando —respondí, aunque mi voz sonó más frágil de lo que odiaba admitir, totalmente afectada por su cercanía. Apreté la empuñadura hasta que mis nudillos se volvieron blancos.
—Tu corazón late como el de un conejo acorralado —murmuró él, bajando el rostro. Sentí su aliento cálido rozar el lóbulo de mi oreja, un contraste enloquecedor con el ambiente gélido—. Brillas, Loba. Y hueles a dolor, apestas a la marca de un Alfa que te dejó pudrirte. —Su aliento al hablar, enviaba espasmos involuntarios por todo mi cuerpo, atrapé los gemidos desesperados que se querían escapar de mi boca. Él, continuó como si no supiera el efecto que ocasionaba en mí.— Si no tienes el valor de arrancar esa plaga de tu cuello, dame la daga; yo lo haré por ti. Pero te advierto, Sigrid... mi pulso —bajó más su voz y se pegó un milímetro más a mi cuello— no es delicado.
Un gruñido sordo, gutural y profundamente territorial subió por mi garganta.
Mi loba interior, un poco confundida pero muy herida, se quejó, y aullando en la oscuridad de mi mente, reaccionó a la invasión de su espacio. Moví el rostro apenas unos milímetros, rozando mi mejilla contra la áspera textura de su barba.
El contacto era casi mortal, la fricción de mi mejilla con su barba envió una descarga eléctrica directa a mi bajo vientre. Era una química enferma, un magnetismo absurdo e inapropiado para el momento, pero innegable.
—Nadie más que yo me tocará con esta hoja, Haldor —siseé, clavando mis ojos en la pared de roca frente a mí—. Es mi sangre, mi vínculo, mi venganza.
Él soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que vibró en mi propia caja torácica. Se apartó un solo paso, concediéndome el aire que no sabía que me faltaba.
—Entonces, hazlo —ordenó, su voz despojada de cualquier burla, convertida en el látigo de un comandante—. Deja de llorar por el fantasma de un Rey cobarde y corta el hilo.
Cerré los ojos. El dolor fantasma en el lado izquierdo de mi cuello, justo donde los colmillos de Einar me habían reclamado cinco años atrás bajo la luz de una luna cómplice, comenzó a arder. El vínculo de mate, el famoso hilo rojo del destino, palpitaba bajo mi piel como un parásito envenenado. Me unía a él y me obligaba a sentir los ecos de su existencia, su respiración lejana, su poder. Odiaba el vínculo después de su asquerosa traición.
Alcé la daga de plata, colocando el filo gélido exactamente sobre la cicatriz de la mordida; el metal bendecido quemó al contacto con la marca del Alfa traidor y sintiendo más de lo que quería admitir, solté un jadeo ahogado.
El destino intentó encadenarme a tu sombra, pensé, recordando su rostro, su falsa sonrisa, sus falsas promesas de amor eterno en las alcobas secretas del castillo.
La hoja perforó la primera capa de piel, como una promesa cumplida, una gota de sangre espesa y caliente rodó por mi clavícula. El dolor físico fue instantáneo, pero el dolor espiritual fue una explosión. Mi loba interna aulló, rogándome que me detuviera. Romper un vínculo de mate reclamado era un sacrilegio, era mutilar el alma.
Pero mi alma ya estaba mutilada, y mi loba, aunque se negara a admitirlo, ya lo sabía.
Apreté los dientes hasta saborear la sangre de mis propias encías, pensé en la nieve, en la fosa y en el momento exacto en que morí por él.
—Hoy la Diosa Luna solo observa en silencio... —susurré, recitando las viejas palabras de la liturgia de los desterrados, sintiendo la mirada vacía pero penetrante de Haldor sobre mi nuca— ...cómo yo, y nadie más que yo, decreto mi propio final.
Tiré de la daga con un movimiento brutal y salvaje, rasgando la piel, la carne y el lazo invisible que me unía al Rey Einar.
El grito que abandonó mi garganta f el rugido de una bestia que estaba siendo desollada viva. La caverna entera tembló, y el mundo se desvaneció en un abismo de blancura y agonía, arrastrándome cinco años hacia atrás, hacia el día en que el hilo rojo se convirtió en mi soga. Hacia el momento en que todo esto, comenzó.
POV: Narradora OmnipresenteEl Palacio Dorado, tras la partida de la Emperatriz Sigrid y el Rey Haldor, se había convertido en un sepulcro de ecos.Ya no se escuchaba el choque del acero en los patios de entrenamiento ni el murmullo constante de los Alfas discutiendo estrategias. Lo que quedaba era un silencio denso, cargado de una humedad eléctrica que emanaba de un solo punto: el ala de enfermería de la realeza.Allí, en una cama que parecía demasiado pequeña para la envergadura del joven que la ocupaba, Fenrir seguía sumergido en el abismo de su propia mente.Físicamente, su crecimiento se había detenido en una tregua biológica que Sigrid, en su desesperación, agradecía. Tenía la apariencia de un joven de trece inviernos, espigado pero de hombros sólidos, con rasgos que ya no pedían permiso para ser imponentes.Mia, la curandera mayor, vigilaba cada una de sus funciones vitales con una mezcla de reverencia y temor.El príncipe no comía, pero no moría. Su cuerpo era alimentado media
POV: Narradora OmnipresenteLugar: El Abismo Mental de FenrirFenrir sintió una vergüenza abrasadora. Pensamientos que calificó de "impuros" empezaron a poblar su desierto mental.El Deseo Oscuro.Se vio a sí mismo protegiéndola, pero no como un niño o un hermano. Se vio reclamándola, envolviéndola en sus sombras, manteniéndola cerca de su pecho no para que ella lo cuidara, sino para poseer el derecho de cuidarla él."¿Cómo puedo sentir esto?", se preguntaba, mientras el sudor frío empapaba su forma física en la cama del palacio. "Ella es la mujer que Einar quería como reina. Es la mujer que mi madre exilió. Es... Astrid."Pero la honestidad brutal de su abismo mental no le permitió mentirse. En ese espacio, la verdad no tenía filtros.Fenrir comprendió que lo que sentía no era la gratitud de un salvado. Era algo más denso, más posesivo, algo que en el lenguaje de los hombres se llamaba amor, pero que en el lenguaje de los lobos era una vinculación de almas.—¿La amo? —se preguntó, y
POV: Narradora OmnipresenteLugar: El Abismo Mental de FenrirPara el mundo exterior, Fenrir era una estatua de mármol pálido, un joven de trece años atrapado en el sueño profundo de una crisálida mágica. Pero dentro de su mente, el silencio no existía. El espacio psíquico de Fenrir se había convertido en un vasto desierto de arena negra bajo un cielo donde dos lunas (una de oro fundido y otra de obsidiana) colisionaban eternamente sin llegar a romperse.Fenrir caminaba sobre esa arena que crujía como huesos triturados. Se miró las manos. Ya no eran las manos pequeñas que buscaban el borde de la capa de su madre, Sigrid; eran manos largas, de nudillos marcados y palmas endurecidas por una fuerza que no recordaba haber entrenado. Su cuerpo se sentía pesado, una armadura de carne y hueso que su conciencia de seis años apenas sabía cómo pilotar.—¿Quién eres? —una voz aguda, infantil, resonó en el vacío.Fenrir se giró. Frente a él, sentado sobre una duna de sombras, estaba el niño que s
POV: Narradora OmnipresenteSigrid observó la nuca de Einar. Por un momento, el tiempo pareció detenerse.Recordó al hombre que la abandonó en el hielo, al rey que la reclamó en el coliseo, y al padre que talló un talismán para un hijo que apenas conocía. Su resentimiento luchó contra la pragmática de la guerra.Haldor miró a Sigrid, esperando su comando. Si ella decía una palabra, él mismo apartaría a Einar del camino, o le concedería su deseo de muerte.Pero Sigrid espoleó suavemente a su caballo, acercándose un par de metros más hacia el hombre arrodillado.—¿Crees que morir por mí limpia lo que hiciste, Einar? —preguntó ella, y su voz era como el filo de una navaja—. ¿Crees que un momento de sacrificio borra años de cadenas y humillación, o que tu hijo tuvo que transformar su genética para sobrevivir tu abandono y negligencia?Einar no levantó la cabeza.—No borra nada. Pero es lo único que me queda por dar. Mi vida es lo único que posee el valor suficiente para ser sacrificado.S





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