La mansión olía a humo, a pino quemado y a antiséptico. Los heridos gemían en el ala médica improvisada, recuperándose de las parálisis nerviosas y las heridas de bala. El orgullo de la Manada del Bosque Oscuro había sido pisoteado.
Elena estaba en su taller, con una lupa de aumento sobre el ojo, diseccionando los restos humeantes de uno de los drones que había derribado. —Esto no es tecnología militar estándar —murmuró, pasando el dedo por un microchip azul cobalto—. La soldadura es microscópica. El diseño del emisor de ondas es... artístico.
Mikael estaba a su lado, vendado y caminando con dificultad. Aún le zumbaban los oídos y su equilibrio fallaba a ratos. Odiaba sentirse inútil. —¿Puedes replicarlo? ¿Puedes bloquearlo? —preguntó impaciente.
Elena negó con la cabeza, frustrada. —Es una frecuencia variable algorítmica. Cambia cada milisegundo. Si construyo un escudo para una frecuencia, el arma cambia a otra en un parpadeo. Necesito el código fuente. Necesito saber cómo piensa la