Daniel giró el volante con una mano, entrando en el camino de grava que conducía a la cabaña. Estaba muerto de cansancio tras el turno, pero traía una bolsa con cena china y un par de cervezas frías. En su cabeza, el plan era sencillo: sentarse con Elena, ver cualquier película que la hiciera sonreír y, quizás, solo quizás, rozarle la mano un poco más de tiempo que la noche anterior. Quería ir despacio, joder, quería demostrarle que no todos los tíos eran unos animales.
Pero en cuanto apagó el