La luz de la mañana se filtraba por las cortinas de la cabaña con una pureza que a Elena le resultaba insultante. Se despertó con el cuerpo pesado, sintiendo todavía en la piel el rastro de las manos de Marcus y el frío de la alfombra donde se habían entregado el día anterior. A su lado, la cama estaba vacía. Escuchó el sonido de la cafetera en la cocina y el silbido suave de Daniel.
Se levantó y se envolvió en la bata, sintiéndose como una intrusa en su propio refugio. Al salir al salón, vio a