Inicio / Mafia / Sombras en la piel / La llamada que no debería haber
La llamada que no debería haber

Elena llegó a casa con el cuerpo temblando de adrenalina y algo más que no quería nombrar. Cerró la puerta con llave dos veces, como si alguien pudiera entrar detrás de ella. El apartamento estaba en silencio, solo el zumbido del frigorífico y el tic-tac del reloj de pared. Se quitó las botas de un tirón, dejó caer el bolso en el suelo y se dejó caer en el sofá sin encender la luz. La oscuridad le parecía más segura.

No podía quitarse de la cabeza las palabras de Marcus: “Digamos que mi hermano tiene buena memoria para las caras… y para los nombres que le llaman la atención”. ¿Qué significaba eso? ¿Steve había hablado de ella esa misma noche, en la mesa del bar, mientras esas mujeres lo tocaban? ¿O antes? La duda le quemaba.

Se levantó y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua fría y se lo bebió de un trago. El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los jeans. Lo sacó sin mirar, pensando que sería Sara preguntando si había llegado bien.

Número desconocido.

El pulso se le aceleró. Dudó un segundo. Luego, contra todo instinto de supervivencia, contestó.

—¿Sí?

Silencio al otro lado. Solo respiración lenta, controlada.

—¿Elena?

La voz grave de Steve. La misma que le había dicho “gracias” en la sala de curas. La misma que había sonado furiosa en el parking.

Elena se quedó quieta. El vaso se le resbaló un poco en la mano.

—¿Cómo tienes mi número?

Otra pausa. Cuando habló, su tono era seco, sin rodeos, como si la pregunta le pareciera innecesaria.

—Tengo mis formas. No preguntes cosas que no te van a gustar saber.

Elena sintió un frío repentino en la espalda. Era la respuesta típica de alguien que no da explicaciones, alguien que maneja información como arma.

—No es justo —dijo ella, voz temblorosa pero firme—. Tú sabes de mí, pero yo no sé nada de ti.

Steve soltó un sonido bajo, casi una risa oscura.

—Justo no es una palabra que use mucho. Pero si te hace sentir mejor… digamos que cuando alguien me deja una marca, me aseguro de saber quién es. Y tú me dejaste una, Elena.

Ella tragó saliva. La forma en que dijo su nombre le provocó un escalofrío que no era de miedo.

—¿Qué quieres?

—Saber si estás bien. Ese imbécil del parking… ¿te tocó?

Elena soltó una risa amarga.

—Tu hermano se encargó de eso. Estoy bien.

Silencio de nuevo. Más largo.

—No me gusta que te molesten —dijo él, voz más baja, casi posesiva.

—No necesito que me protejas.

—No te estoy ofreciendo protección. —Hizo una pausa—. Solo… no me gusta verte en peligro.

Elena cerró los ojos. La frase sonó como una amenaza y como una promesa al mismo tiempo.

—¿Y por qué te importa?

Otra pausa. Cuando habló, su voz era ronca, casi íntima.

—Porque desde que me curaste esa herida, no puedo sacarte de la cabeza. Y no soy de los que dejan cabos sueltos.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—No sabes nada de mí.

—Sé suficiente. —Hizo una pausa—. Ven mañana. A las nueve. No al Horizonte. Al bar de la calle principal, el Black Velvet. Es más tranquilo. Solo tú y yo.

Elena frunció el ceño.

—¿Por qué no al Horizonte? Mi prima trabaja allí.

—Precisamente por eso —respondió él, seco—. No quiero público. No quiero a tu prima mirando. No quiero a nadie. Solo tú.

Elena sintió que el aire se le acababa.

—No sé si…

—No te estoy pidiendo permiso —cortó él, voz endurecida—. Te estoy diciendo que vengas. Porque si no lo haces, iré yo a buscarte. Y no me gusta ir a hospitales a buscar a enfermeras. Ni a apartamentos pequeños en pueblos tranquilos.

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la columna. ¿Sabía dónde vivía? ¿Cómo? La duda que había empezado con Marcus ahora se multiplicaba.

—No soy tuya para que me ordenes —susurró.

Steve dejó escapar un suspiro corto, impaciente.

—Todavía no. Pero lo serás. Buenas noches, Elena.

Y colgó.

Elena se quedó mirando la pantalla oscura del teléfono. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. ¿Qué acababa de pasar? ¿Una amenaza? ¿Una cita? ¿Una orden disfrazada?

Se dejó caer en una silla. El vaso de agua seguía en la mano, olvidado. El agua fría le goteaba en los dedos.

No sabía si estaba enfadada, asustada o… atraída.

Pero una cosa sí sabía: no iba a ir al Black Velvet mañana. No iba a caer en esa trampa. No iba a dejar que un hombre como Steve entrara en su vida y la destrozara como Ryan lo había hecho.

Se levantó, fue al dormitorio y se metió en la cama. Intentó dormir. Pero cada vez que cerraba los ojos, oía su voz: “Tengo mis formas”. “No puedo sacarte de la cabeza”. “Lo serás”.

A la mañana siguiente, sábado, Elena se despertó con un nudo en el estómago. Turno de mañana en el hospital. Rutina. Pacientes. Normalidad.

Pero nada era normal.

Mientras se vestía, miró el teléfono. Número desconocido. colgo. Pero sabía que si él quería, encontraría otra forma.

En el hospital, el día pasó lento. Curó heridas menores, tomó signos vitales, sonrió a los pacientes. Pero cada vez que oía pasos en el pasillo, el corazón le daba un salto.

A las cuatro de la tarde, mientras hacía una pausa en la sala de descanso, Sara la llamó.

—¿Prima? ¿Llegaste bien anoche? Te escribí y no contestaste.

Elena se frotó la sien.

—Sí, llegué. Solo… cansada.

Sara hizo una pausa.

—¿Segura? Sonabas rara cuando te fuiste. ¿Pasó algo después?

Elena dudó. Luego soltó el aire.

—Steve me llamó.

Sara soltó un grito ahogado.

—¿Qué? ¿Cómo tiene tu número?

—No lo sé. Dijo que “tiene sus formas”. —Elena bajó la voz—. Me pidió que vaya esta noche a un bar que no es el tuyo. El Black Velvet. Sola.

Sara guardó silencio un segundo.

—Elena… no vayas. Ese tipo no es normal. Sus hombres, las mujeres que lo rodean… es peligroso. De verdad.

—Lo sé.

—Entonces no vayas.

Elena miró por la ventana de la sala de descanso. El parking del hospital estaba vacío. El sol se ponía temprano en octubre.

—No voy a ir —dijo, más para convencerse a sí misma.

Sara suspiró aliviada.

—Bien. Ven a casa cuando salgas. Te hago cena. Hablamos. Y bloquea ese número.

Elena colgó. Se quedó mirando el teléfono.

Bloquearlo era fácil.

Pero una parte de ella no quería hacerlo.

A las ocho de la noche, salió del hospital. El cielo estaba oscuro. Caminó hacia su coche. El parking estaba casi vacío.

Entonces lo vio.

Steve.

Apoyado en su propio coche negro, brazos cruzados, esperando.

No sonreía. No se movió. Solo la miró.

Elena se detuvo en seco.

Él ladeó la cabeza.

—No viniste al Black Velvet.

Elena sintió que el pulso se le aceleraba.

—Te dije que no era tuya para que me ordenes.

Steve se apartó del coche y dio un paso hacia ella.

—No te estoy ordenando. —Su voz era baja, peligrosa—. Te estoy diciendo que no puedes huir de esto. Ni de mí.

Elena retrocedió un paso.

—¿Y si quiero?

Steve dio otro paso. Ahora estaban a menos de un metro.

—No lo quieres.

Elena sintió su calor. Su olor. La misma colonia que le había quedado en la memoria desde la sala de curas.

—No me conoces —susurró.

Steve levantó una mano despacio. Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Un toque ligero. Eléctrico.

—Te conozco más de lo que crees.

Elena no se movió. No pudo.

Steve se inclinó un poco más. Su aliento le rozó la oreja.

—Mañana. Black Velvet. Nueve en punto. O voy a tu casa. Y no será para hablar.

Y se alejó.

Subió a su coche. Arrancó. Se fue.

Elena se quedó allí, en el parking vacío, con la piel ardiendo donde él la había tocado.

Sabía que no debería ir.

Pero también sabía que, probablemente, iría.

Y eso la aterrorizaba.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP