El silencio en el despacho de Steve era denso, roto solo por el sonido de la respiración agitada de Bianca tras aquel beso forzado por el chantaje. Ella le sonreía con una victoria venenosa brillando en sus ojos azules, convencida de que lo tenía domado bajo el peso de la vida de su hermano. Steve, sin embargo, se apartó de ella con una mueca de asco físico, como si el contacto le hubiera infectado la sangre. No dijo una palabra. Salió de la oficina a zancadas, ignorando los gritos de su espos