Elena no durmió esa noche. Se quedó mirando el techo del estudio, con las luces de los coches pasando por la ventana como rayas fugaces. El reloj de la mesita marcaba las 3:17 cuando por fin cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En su lugar, volvía una y otra vez la imagen de ese hombre: el torso marcado por cicatrices antiguas, la forma en que no había pestañeado mientras ella le suturaba la herida, el olor metálico de la sangre mezclado con algo más oscuro, como cuero y humo de cigarro caro. No había dicho su nombre. No había dado las gracias de verdad. Solo “gracias” seco, y luego se había ido como si nada hubiera pasado.Al día siguiente, domingo, Elena tenía turno de tarde. Llegó al hospital a las dos y media, con ojeras que intentaba disimular con un poco de corrector. El pasillo estaba tranquilo: un par de pacientes en observación, la recepcionista charlando por teléfono, el olor habitual a café y antiséptico. Saludó a la doctora Ramírez, que estaba revisando historiales, y e
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