Mundo ficciónIniciar sesiónElena no durmió esa noche. Se quedó mirando el techo del estudio, con las luces de los coches pasando por la ventana como rayas fugaces. El reloj de la mesita marcaba las 3:17 cuando por fin cerró los ojos, pero el sueño no llegó. En su lugar, volvía una y otra vez la imagen de ese hombre: el torso marcado por cicatrices antiguas, la forma en que no había pestañeado mientras ella le suturaba la herida, el olor metálico de la sangre mezclado con algo más oscuro, como cuero y humo de cigarro caro. No había dicho su nombre. No había dado las gracias de verdad. Solo “gracias” seco, y luego se había ido como si nada hubiera pasado.
Al día siguiente, domingo, Elena tenía turno de tarde. Llegó al hospital a las dos y media, con ojeras que intentaba disimular con un poco de corrector. El pasillo estaba tranquilo: un par de pacientes en observación, la recepcionista charlando por teléfono, el olor habitual a café y antiséptico. Saludó a la doctora Ramírez, que estaba revisando historiales, y empezó su ronda. Intentó concentrarse. Tomar signos vitales, cambiar goteros, anotar en las fichas. Pero cada vez que pasaba por la sala de curas donde lo había atendido, sentía un nudo en el estómago. Ridículo, se decía. Era solo un paciente. Uno más. Había curado heridas de bala antes —no muchas, pero alguna—. En un hospital privado como este, a veces llegaban ejecutivos con “accidentes de caza” o “caídas en moto” que olían a mentiras. Pero ninguno la había mirado así. Como si la viera de verdad. Como si supiera algo de ella que ella misma intentaba olvidar. A las cinco de la tarde, mientras empujaba el carrito de medicación por el pasillo principal, lo vio. Estaba de pie frente al mostrador de recepción, de espaldas a ella. Traje negro impecable esta vez, sin manchas de sangre. El pelo castaño corto, peinado hacia atrás. Uno de los hombres que lo habían acompañado la noche anterior estaba a su lado, hablando en voz baja con la recepcionista, que parecía nerviosa. Elena se detuvo en seco. El carrito chirrió un poco. Él se giró al oírlo. Sus ojos grises la encontraron al instante. No sonrió. No saludó. Solo la miró, como si el pasillo entero se hubiera vaciado y solo quedaran ellos dos. Elena sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta. Dio un paso atrás, instintivamente, pero él ya estaba caminando hacia ella. Pasos lentos, seguros. El hombre de traje lo siguió con la mirada, pero no se movió. Se detuvo a un metro de distancia. Lo suficientemente cerca para que Elena oliera esa misma colonia cara, ahora sin el rastro de sangre. —¿Cómo te llamas? —preguntó él, voz grave, ronca por la herida o por costumbre. Elena parpadeó. No esperaba la pregunta. No esperaba que volviera. Mucho menos que le preguntara eso. —Elena —respondió, casi en un susurro—. Elena Vargas. Él inclinó la cabeza apenas, como si estuviera archivando el nombre. —Elena —repitió, probándolo en su boca. Luego, sin más, se dio la vuelta para irse. Ella no pudo evitarlo. —¿Y tú? —preguntó, alzando la voz un poco más de lo que pretendía. Él se detuvo a mitad del pasillo. Los hombros se tensaron bajo la chaqueta. Pasaron tres segundos eternos. Luego se giró despacio. —Steve —dijo. Solo eso. Un nombre. Sin apellido. Sin más explicaciones. Y se fue. El otro hombre lo siguió. Las puertas automáticas se abrieron y se cerraron con un suspiro neumático. Elena se quedó allí, con el carrito olvidado, el corazón latiéndole en los oídos. Steve. Un nombre simple. Pero nada en él era simple. El resto del turno pasó en una niebla. Contestó llamadas, cambió vendas, sonrió a los pacientes. Pero su mente estaba en otro sitio. En esos ojos grises. En la forma en que había dicho su nombre, como si ya lo supiera. Cuando salió del hospital a las diez de la noche, el aire era frío. Sacó el teléfono y marcó a Sara mientras caminaba hacia el coche. Sara contestó al segundo tono. —¿Prima? ¿Ya saliste? ¿Quieres que te espere en El Horizonte? —No… hoy no. Estoy agotada. Pero necesito hablar contigo. Sara se quedó callada un segundo. —¿Todo bien? Suenas rara. Elena entró en el coche y cerró la puerta. Apoyó la frente en el volante. —Anoche entró un tipo herido de bala. Lo curé yo. Hoy volvió. No sé qué quería, pero… me preguntó mi nombre. Y me dijo el suyo. Steve. Sara soltó un silbido bajo. —¿El mismo de los trajes? ¿El que vino con guardaespaldas? —Sí. —Elena… ten cuidado. Ese sitio atrae a gente rara, pero tipos como ese… no son solo “raros”. He oído cosas. Gente que entra herida y sale sin que nadie pregunte. Y si tiene guardaespaldas, es porque alguien quiere hacerle daño. O él quiere hacérselo a alguien. Elena cerró los ojos. —Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en él. Sara suspiró. —Ay, prima. Tú y tus salvadores rotos. Recuerda lo que pasó con Ryan. No te metas en líos. —No es lo mismo. —Puede ser peor. Elena no contestó. Colgó después de prometer que se verían el viernes. Arrancó el coche y condujo hacia casa con la radio baja. En el apartamento, se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá. No encendió la luz. Solo la lámpara de la mesita. Sacó el móvil y buscó “Steve” en G****e, pero sin apellido no salía nada útil. Solo nombres comunes, actores, deportistas. Nada que encajara con esa mirada. Se levantó y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando por la ventana. El callejón estaba vacío. Solo un gato negro cruzando. Se tocó el cuello, donde había sentido su aliento cuando se inclinó para que le cosiera la herida. Recordó el calor de su piel bajo los dedos, la forma en que no había hecho ni un gesto de dolor. Fuerte. Controlado. Peligroso. —Maldita sea —susurró. Se fue a la cama. Intentó dormir. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos grises. Steve. Un nombre que ya empezaba a sonar como una advertencia. O como una promesa. Y Elena, por primera vez en mucho tiempo, no sabía cuál de las dos cosas la asustaba más.






