La puerta de la cabaña se cerró con un clic sordo, pero en el silencio del bosque sonó como un trueno. Marcus se quedó allí, apoyado contra la madera barnizada, con la chaqueta goteando sobre el suelo que Daniel mantenía impecable. Elena no se movió; se quedó de pie junto a la mesa del comedor, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El aroma a pino y cera de la casa, ese olor que Daniel asociaba con la paz, fue invadido de pronto por el olor metálico de l