Mundo ficciónIniciar sesiónEl viernes llegó como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Elena había pasado la semana entera con la mente dividida: turnos en el hospital, pacientes quejándose de dolores imaginarios, noches en las que se despertaba sudando con la imagen de Steve inclinándose sobre ella en la sala de curas. No había vuelto al hospital. No había llamado. Solo su nombre flotando en su cabeza como un secreto que no quería guardar.
Decidió que necesitaba aire. Y necesitaba a Sara. Así que, después del turno de tarde, se cambió en el vestuario del hospital por unos jeans oscuros, botas bajas y una blusa negra de escote sutil que no usaba casi nunca. Se miró al espejo del baño: pelo suelto, un toque de máscara y labios rojos. No sabía por qué se arreglaba más de lo habitual. O sí lo sabía. Pero no quería admitirlo. Llegó a El Horizonte pasadas las diez. El bar estaba lleno, como siempre los viernes. Música suave, luces ámbar que hacían que todo pareciera más caro de lo que era. Sara la vio desde la barra y le hizo un gesto entusiasta. —¡Prima! Ven, te guardé el taburete de siempre. Elena se abrió paso entre la gente. Se sentó y Sara le sirvió una copa de vino tinto sin preguntar. —¿Día duro? —Normal. ¿Y tú? Sara se inclinó sobre la barra, bajando la voz. —Mira hacia el fondo, a la derecha. Mesa grande. ¿Ves? Elena giró la cabeza despacio. Y se le paró el corazón. Allí estaba Steve. Sentado en una mesa apartada, rodeado de cuatro hombres con trajes oscuros y dos mujeres que parecían sacadas de una revista. Una rubia con vestido rojo ajustado le hablaba al oído, la otra —morena, con tacones altísimos— le ponía la mano en el hombro mientras reía. Steve no sonreía. Pero tampoco las apartaba. Su expresión era la misma de siempre: controlada, distante, como si el mundo girara a su alrededor sin tocarlo. A su lado, otro hombre. Más joven, quizás treinta y pocos. Pelo oscuro, ojos claros, sonrisa fácil. Atractivo de una forma distinta a Steve: menos amenazante, más accesible. Llevaba una camisa negra abierta en el cuello y un reloj que brillaba bajo la luz. Hablaba con las mujeres, pero sus ojos recorrían el local de vez en cuando, como si vigilara. Elena sintió un pinchazo en el pecho. Celos. Puros, irracionales, ardientes. ¿Quiénes eran esas mujeres? ¿Por qué lo tocaban como si tuvieran derecho? Y él… él ni siquiera parecía incómodo. Sara siguió su mirada. —¿Qué pasa? Te quedaste pálida. Elena tragó saliva. —Es él. El de la herida. Steve. Sara abrió los ojos. —¿El de los trajes? ¿El que te preguntó el nombre? —Sí. Sara silbó bajito. —Llegaron hace poco. Hace como veinte minutos. Nunca los había visto antes. Pagan en efectivo, dejan propina gorda y no molestan. Pero… sí que parecen de otro mundo. ¿Estás bien? Elena no contestó. No podía apartar la vista. Intentó disimular: se acomodó el pelo, cruzó las piernas, bebió un sorbo de vino. Quería que él la viera. Que la mirara como la había mirado en el hospital. Pero Steve no levantó la cabeza. Ni una vez. Siguió hablando con sus hombres, dejando que la rubia le rozara el brazo. El nudo en su estómago se apretó más. Sara le tocó la mano. —Prima… no te hagas esto. Es solo un tipo peligroso. No vale la pena. Elena forzó una sonrisa. —Tienes razón. Me voy pronto. Pero no se fue. Se quedó media hora más, charlando con Sara sobre tonterías: un paciente gracioso, una serie nueva. Cada dos minutos, su mirada volvía a la mesa del fondo. Steve seguía igual. Distante. Intocable. Finalmente, se levantó. —Voy al baño y me voy a casa. Mañana turno temprano. Sara asintió. —Cuídate. Y no mires atrás. Elena caminó hacia el fondo, pasando cerca de la mesa de Steve. Lo suficientemente cerca para que oliera su colonia. Lo suficientemente lejos para que él pudiera verla si quisiera. Pero no la vio. O fingió no verla. En el baño, se miró al espejo. Se sintió ridícula. ¿Qué estaba haciendo? ¿Celosa de un hombre que apenas conocía? ¿De mujeres que probablemente eran parte de su mundo? Salió. Y al pasar por el pasillo hacia la salida, un hombre la interceptó. Treinta y tantos, traje barato, sonrisa de bar. —Ey, guapa. ¿Sola? ¿Quieres compañía? Elena lo miró con frialdad. —No. Gracias. Intentó pasar. Él se movió para bloquearle el camino. —Venga, no seas así. Solo una copa. —Déjame en paz. Elena aceleró el paso hacia la puerta principal. El tipo la siguió. —Oye, espera. Solo quiero hablar. Fuera, el aire frío la golpeó. El parking estaba casi vacío. Elena caminó rápido hacia su coche. Oyó pasos detrás. —Eh, no te vayas tan rápido. El hombre la alcanzó y le agarró el brazo. Elena se giró furiosa. —Quítame la mano o te arrepentirás. Él rio. —Tranquila, solo— No terminó la frase. Una voz grave cortó el aire. —Suéltala. Elena miró a la esquina del bar. Allí estaba el hombre atractivo de la mesa de Steve. Marcus. Cigarro entre los dedos, humo saliendo lento de su boca. Ojos fijos en el tipo. El hombre soltó a Elena como si quemara. —Solo estaba hablando, tío. Marcus dio un paso adelante. No levantó la voz. No hizo falta. —Vete. Ahora. El tipo dudó un segundo. Luego retrocedió, murmurando algo ininteligible, y desapareció hacia el parking. Elena se quedó quieta, respirando agitada. Marcus apagó el cigarro contra la pared y se acercó despacio. —¿Estás bien? —preguntó, voz calmada pero firme. Elena asintió, aunque le temblaban las manos. —Sí… gracias. Marcus la miró a los ojos. Había algo cálido en su mirada, algo diferente a la frialdad de Steve. —No iba a dejar que te molestara. —Hizo una pausa breve, observándola con curiosidad—. Tú eres Elena, ¿verdad? La enfermera. Elena se quedó helada. El corazón le dio un vuelco. —¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, voz baja, casi acusadora. Marcus sonrió apenas, una sonrisa evasiva que no revelaba nada. —Digamos que mi hermano tiene buena memoria para las caras… y para los nombres que le llaman la atención. —Bajó la voz un poco, como si compartiera un secreto—. No preguntes más, que luego me meto en problemas. Elena sintió que el calor le subía a las mejillas. ¿Steve le había hablado de ella? ¿En el bar, esa misma noche? ¿O antes? ¿Le había dicho “la enfermera que me curó” como si fuera una propiedad? La duda se le clavó como una espina. No sabía si sentirse halagada o furiosa. Antes de que pudiera preguntar más, la voz furiosa de Steve rompió el momento. —¿Qué coño haces, Marcus? Steve apareció en la puerta del bar. Traje impecable, puños apretados. Los ojos grises encendidos de algo que parecía rabia pura. Marcus se giró sin prisa. —Un imbécil estaba molestando a tu enfermera. La defendí. Fin de la historia. Steve miró a Elena. Por primera vez esa noche, la vio de verdad. Y en su expresión pasó algo: celos, posesividad, algo que no supo esconder del todo. —¿Estás bien? —preguntó él, voz baja pero tensa. Elena levantó la barbilla, intentando sonar firme aunque por dentro estuviera temblando. —Sí. Gracias a tu hermano. Steve apretó la mandíbula. Miró a Marcus con una advertencia clara en los ojos. —Vámonos. Marcus dudó un instante. Luego miró a Elena una última vez. —Cuídate. Y se fueron. Los dos entraron al bar sin mirar atrás. Elena se quedó sola en la oscuridad del parking. El corazón le latía fuerte. No sabía qué sentir más: la rabia por el desprecio de Steve, los celos que todavía le quemaban por las mujeres de la mesa, o la confusión que le había dejado Marcus. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Steve se lo había dicho? ¿En qué momento? La duda se le clavó más hondo, mezclándose con todo lo demás. Subió al coche. Arrancó. Y mientras conducía hacia casa, se dio cuenta de una cosa terrible. Ya no era solo Steve el que la perseguía en sus pensamientos. Ahora había dos sombras en su piel… y una pregunta que no la dejaba respirar.






