Mundo ficciónIniciar sesiónEl domingo por la noche, Willow Creek parecía un pueblo fantasma. Una niebla densa y fría bajaba de las colinas, envolviendo las calles en un manto gris que amortiguaba el sonido de los pocos coches que se atrevían a circular. Elena estaba frente al espejo de su habitación, con las manos apoyadas en la cómoda, respirando hondo. Se había dicho a sí misma mil veces que no iría. Había bloqueado el número de Steve tres veces, solo para desbloquearlo minutos después con el pulso errático.
Se sentía patética. Una parte de ella sabía que ir a esa cita era bajar un escalón más en su propia dignidad, pero la curiosidad y esa atracción oscura que Steve ejercía sobre ella eran más fuertes que su sentido común. Se puso una chaqueta de cuero negro sobre su vestido ajustado y salió hacia el Black Velvet, sintiéndose como una condenada que camina hacia su propia sentencia. El local estaba en una zona menos transitada de la calle principal. A diferencia de El Horizonte, el Black Velvet era un sitio de techos bajos, paredes forradas de terciopelo oscuro y una luz roja tan tenue que apenas permitía ver quién estaba sentado a dos mesas de distancia. El olor a tabaco y alcohol caro era casi asfixiante. Elena entró, sintiéndose inmediatamente pequeña y fuera de lugar. No tuvo que buscarlo mucho. Steve estaba al fondo, en un reservado circular de cuero negro. Estaba solo, con un vaso de whisky en la mano y una expresión que no mostraba ni un ápice de alegría por verla. Elena caminó hacia él, intentando que sus botas no temblaran contra el suelo. Se detuvo frente a la mesa, manteniendo la barbilla alta en un último intento de orgullo. —Has venido —dijo él. No fue un saludo, sino una confirmación cargada de desdén. Sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus labios antes de volver a sus ojos con una frialdad que la hizo estremecer. —Solo para decirte que dejes de acosarme —mintió ella, sentándose frente a él sin que él se lo pidiera. Steve soltó una risa seca, un sonido cortante que no llegó a sus ojos. —Mientes. Has venido porque te mueres de ganas de estar cerca de alguien que no te trate como a una muñeca de cristal. Pero no te equivoques, Elena —se inclinó hacia delante, invadiendo su espacio personal—. No estoy aquí para ser tu amigo. Ni siquiera estoy aquí para ser amable. Elena intentó retirar la mirada, pero él le agarró la muñeca sobre la mesa con una fuerza que la dejó muda. No era un gesto cariñoso; era una advertencia de poder. —¿Quién eres, Steve? ¿Por qué la gente baja la cabeza cuando pasas? ¿Por qué tu hermano dice que no debería preguntar por ti? —preguntó ella, con la voz temblorosa. —Marcus habla demasiado —respondió él, ignorando sus preguntas—. Lo que necesites saber de mí, lo aprenderás a su debido tiempo. Por ahora, lo único que debe importarte es que estoy aquí. Y que tú estás aquí conmigo. Pidió otra ronda sin consultar a Elena. Durante la siguiente hora, Steve la manejó con una frialdad calculada. No le preguntaba por su vida; solo lanzaba comentarios cortantes que la hacían sentir pequeña e insignificante. Pero de pronto, su mirada se volvió más pesada, más analítica. Steve se reclinó en el asiento, observándola con una curiosidad cruel. —Todo lo que te rodea es asunto mío desde el momento en que me salvaste la vida. Dicen que cuando salvas a alguien, te haces responsable de esa persona... pero en mi mundo funciona al revés, Elena. Tú me curaste, me tocaste la piel, y ahora te has convertido en un cabo suelto que no puedo dejar ir. Me perteneces de una forma que aún no comprendes. —Yo no le pertenezco a nadie —replicó ella, intentando levantarse con el rostro encendido por la indignación. Pero Steve fue más rápido. Se levantó y la bloqueó, su cuerpo imponente cerrándole el paso. La cercanía era abrumadora. Elena podía sentir el calor que emanaba de él, la fuerza bruta contenida bajo ese traje caro. —Eso es lo que tú crees —murmuró él, acercando su rostro al de ella—. Pero tus manos temblaban cuando me cosías la carne. Y están temblando ahora. No me debes agradecimiento, Elena... me debes obediencia. Él no la besó con ternura. Fue un movimiento dominante, una forma de reclamar territorio. Elena intentó resistirse un segundo, pero su cuerpo la traicionó. El deseo acumulado durante una semana de obsesión estalló en su interior, y terminó aferrándose a sus hombros mientras él la besaba con una rudeza que le quitaba el aliento. Steve la sujetó de la cintura, pegándola a él con una fuerza que la hizo gemir contra su boca. Cuando se separó, Elena estaba mareada y con la respiración agitada. Steve la miró con una frialdad triunfante. —Vámonos de aquí —ordenó él. No era una invitación, era una sentencia. La llevó a su coche negro. Condujo en silencio, con una mano en el volante y la otra apoyada sobre el muslo de Elena, apretando con una posesividad que la hacía sentir su propiedad. Llegaron a un hotel de lujo en las afueras. Steve no pasó por recepción; tenía su propia llave. En la suite, la tensión alcanzó su punto de ruptura. Steve fue dominante y exigente en la cama, tal como Elena temía y deseaba al mismo tiempo. No hubo palabras dulces. Él tomaba lo que quería, guiándola a través de una pasión oscura donde ella siempre se sentía un paso por detrás. Elena intentaba hacerse la dura, pero bajo sus manos, su voluntad se deshacía. Él conseguía de ella lo que se proponía, marcando su piel con una intensidad que la dejaba sin fuerzas. Sin embargo, en el momento de mayor intimidad, Steve se detuvo y la miró a los ojos. —Tienes demasiadas sombras en los ojos, Elena. Algún día me dirás quién te las puso. —¿Y tú? —susurró ella—. ¿Tú quién eres cuando no estás dando órdenes? Steve no respondió. Terminó lo que había empezado y, apenas unos minutos después, se levantó de la cama. Elena se quedó envuelta en las sábanas, viendo cómo él se vestía con una eficiencia mecánica, sin dedicarle una sola mirada de afecto. —Tengo cosas que hacer —dijo él, abrochándose el reloj. Su tono volvía a ser el del hombre de negocios frío y distante—. No me hagas preguntas. No te conviene. —¿Te vas? ¿Me vas a dejar aquí sola? —Elena se sintió pequeña, usada y humillada por la rapidez con la que él se desconectaba de ella. —Te enviaré un coche para que te lleve a casa —sentenció él, caminando hacia la puerta sin mirar atrás. Elena se quedó sola en la suite inmensa, con el olor de él impregnado en su piel y una sensación de vacío que la devoraba. Había caído en su red. Se había entregado a un hombre que la trataba como un objeto y que desaparecía sin dar explicaciones, ocultando su vida tras números desconocidos y silencios cargados de peligro. Mientras regresaba a casa en el coche negro que él le envió, Elena miraba por la ventana. Su teléfono vibró. Número desconocido. "No me busques. Yo te buscaré a ti". Elena apretó el teléfono contra su pecho, con lágrimas de rabia y deseo. No sabía que Marcus, desde su moto a unos metros de distancia, la había visto salir del hotel y que su mirada cargada de envidia pronto cambiaría las reglas del juego entre los dos hermanos.






