El refugio de la mafia en las afueras de Willow Creek vibraba con una tensión eléctrica. Steve acababa de entrar, tirando la chaqueta sobre una silla de cuero y sirviéndose un whisky con manos temblorosas de pura rabia. Bianca se había quedado en la mansión Valenti, regodeándose en su victoria, pero Steve sentía que tenía un ácido quemándole las entrañas.
La puerta se abrió de golpe. Marcus entró como un huracán, con el rostro encendido y los puños apretados.
—¡Eres un maldito animal, Steve!