Las lágrimas volvieron a brotar, calientes e interminables. Llevaba horas así, o quizás días. No lo sabía. En esta habitación el tiempo se medía por las sombras que cruzaban las rejas de la ventana, por las bandejas de comida que aparecían y desaparecían sin que yo las tocara. Pero esa noche no había sombras. Solo oscuridad. Solo yo. Solo el vacío.
Desde lo ocurrido perdí por completo el apetito. Y Cipriano no había vuelto a venir para nada.
Cerré los ojos, intentando vaciar mi mente. Intent