Ese miedo se fue esfumando a medida que avanzaba, hasta que abrió una puerta doble.Era un espacio enorme, con colchonetas en el suelo, sacos de boxeo colgando del techo, y una pared entera de espejos que reflejaban nuestra imagen. No había nadie. Solo nosotros.
—Siéntate —ordenó, señalando un banco.
Obedecí.
Él se arrodilló frente a mí y comenzó a vendarme las manos. Sus dedos eran firmes, precisos, como si hubiera hecho esto miles de veces. El roce de sus dedos ásperos contra la suave piel