—El Don no sospechará —habló, ajustándose los guantes, dirigiéndose a su compañero—. Está ciego con ella. Pero cuando la encuentre colgada, cuando vea que no pudo con la culpa, se convencerá. Tal vez sufra. Tal vez se culpe. Pero los hombres como él superan esas cosas. Y la facción por fin estará a salvo de esta… molestia.
—¿Molestia? —Escupí contra la mano que me callaba. Mi instinto de supervivencia decía que luchará aunque no sirvieran de nada—. ¡Yo no soy una molestia! ¡Soy la mujer que é