La mansión de Julian no solo estaba hecha de piedra y terciopelo; estaba hecha de secretos que respiraban.
Tras la intensidad del encuentro en la biblioteca, Julian se había retirado a las profundidades del sótano, un lugar al que Amelia tenía prohibido entrar "por su propia seguridad". Ella se quedó sola en el salón principal, envuelta en la seda negra que ahora era su única piel, sintiendo cómo sus nuevos sentidos vibraban ante la ausencia de su dueño.
Pero la curiosidad, alimentada por la