Esa noche, Amelia no intentó luchar contra el insomnio. Se sentó en el alféizar de la ventana, con la rosa negra —que ahora emitía un calor constante y reconfortante— apretada contra su pecho. Sus pensamientos eran un remolino oscuro. Debería estar llamando a la policía, debería estar huyendo a casa de su madre en otra ciudad, pero la sola idea de alejarse de la librería, de alejarse del radio de acción de Julian, le provocaba una ansiedad que la hacía temblar.
Era una locura. Era un hombre que apenas conocía, un extraño que la acosaba desde las sombras, y sin embargo, el recuerdo de su voz profunda vibrando en su aire le resultaba más vital que el mismo oxígeno.
Al día siguiente, Amelia llegó a la librería dos horas antes de abrir. Necesitaba estar allí. Necesitaba el aroma a nieve e incienso que él había dejado flotando entre las estanterías.
Cuando Julian apareció, no lo hizo por la puerta.
Amelia estaba en la sección de Historia, en el pasillo más estrecho y oscuro del local, cuando sintió un cambio en la presión del aire. El vello de sus brazos se erizó y un calor súbito le subió por el cuello.
—Has estado esperándome —susurró una voz justo detrás de su oreja.
Amelia se sobresaltó, pero no gritó. Se quedó paralizada mientras Julian se materializaba a centímetros de ella. El pasillo era tan angosto que no había escapatoria. Él era mucho más alto de lo que recordaba, una torre de elegancia oscura que la envolvía por completo.
—Yo... solo estaba trabajando —mintió ella, aunque su respiración entrecortada la delataba.
Julian dio un paso adelante, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra los lomos de cuero de los libros antiguos. Él puso una mano en el estante, a un lado de la cabeza de Amelia, atrapándola. El cuero de su guante crujió.
—Mientes, Amelia —dijo él. Su rostro se inclinó hacia el de ella. A esta distancia, Amelia pudo ver que sus ojos no eran simplemente negros; tenían destellos dorados que se movían como fuego líquido—. Puedo oír tu corazón. Late tan rápido que parece que va a romperse contra tus costillas. Y puedo oler tu miedo... pero no es un miedo que quiera huir. Es un miedo que quiere ser tocado.
Él bajó la cabeza, hundiendo su rostro en la curva del cuello de Amelia. Ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido ahogado. Julian no la besó, pero el calor de su aliento contra su piel era casi insoportable. Era una caricia eléctrica. Amelia sintió una punzada de deseo tan intensa en el bajo vientre que tuvo que agarrarse de las solapas del abrigo de Julian para no desplomarse.
—Eres tan frágil —susurró él contra su piel, su voz ahora más ronca, más hambrienta—. Un pequeño latido de vida en un mundo de sombras. Debería dejarte ir. Debería dejar que vivas tu vida sencilla y aburrida.
—¿Entonces por qué no lo haces? —logró decir ella, su voz apenas un hilo de seda.
Julian se separó lo justo para mirarla a los ojos. Su mirada era aterradora, cargada de una posesividad que debería haberla hecho gritar, pero Amelia se descubrió inclinándose hacia él, buscando ese frío que quemaba.
—Porque desde que te vi, he olvidado cómo se siente estar solo —confesó él, y por un momento, la máscara de monstruo se rompió para mostrar una soledad de siglos—. Y porque tú, Amelia, ya no podrías vivir sin este terror que te provoco. Te has vuelto adicta a mi sombra, igual que yo me he vuelto adicto al ritmo de tu sangre.
Él deslizó su mano libre desde el estante hasta la mejilla de ella. Sus dedos estaban gélidos, pero allí donde tocaban, Amelia sentía que su piel se encendía. Él bajó el pulgar y acarició su labio inferior, tirando de él hacia abajo con una lentitud tortuosa. Amelia entreabrió la boca, gimiendo ante el contacto. El deseo era una brasa que Julian soplaba con cada respiración.
—Vete a casa, Amelia —dijo él de repente, rompiendo el hechizo—. Pero no cierres los tres cerrojos esta noche. Sabes que no servirá de nada.
Antes de que ella pudiera responder, Julian se apartó y caminó hacia la salida con una gracia inhumana. Amelia se quedó apoyada contra los libros, jadeando, con las manos temblorosas buscando el rastro de su tacto en su cara.
Se sentía sucia, se sentía en peligro, y sobre todo, se sentía patética por lo que estaba a punto de admitir ante sí misma: tenía miedo de que llegara la noche, pero tenía mucho más miedo de que Julian no apareciera en su habitación.
Ese hombre era un veneno, y ella acababa de descubrir que tenía sed.