El sol de la mañana no era un verdugo, sino un heraldo.
Amelia se detuvo en la cresta de la colina que dominaba el valle de la ciudad. El disco dorado acababa de romper el horizonte, bañando las torres de cristal y los tejados de hormigón con una luz ámbar. A su lado, Julian mantenía la respiración, con los músculos tensos, esperando el dolor abrasador, el olor a carne quemada y la ceniza. Pero no llegó.
La luz del sol golpeó la piel de Julian y, en lugar de consumirlo, se refractó en las ru