El hambre que Amelia sentía no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. No era un vacío en el estómago, sino un incendio en las venas que le quemaba la garganta y le nublaba la vista. Cada vez que un cliente pasaba cerca de ella en la librería, el sonido de su pulso le martilleaba los oídos como un tambor de guerra. Podía oler la vida fluyendo bajo la piel de los demás: dulce, salada, caliente... y desesperadamente necesaria.
A las seis de la tarde, cuando el sol empezó a hundirse t