La mañana se arrastró como un convaleciente. Amelia se despertó con un peso en el pecho, una mezcla extraña de éxtasis y vergüenza. El lado de la cama donde Julian había estado cerniéndose sobre ella estaba helado, pero su cuerpo conservaba una memoria febril de su tacto. Cada fibra de su ser le gritaba que lo de anoche había sido un error, un paso irreversible hacia un abismo del que no quería salir. Sin embargo, en lo más profundo de su estómago, una punzada de anhelo insistía en negar toda