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Capítulo 4: El santuario de las sombras

​La medianoche llegó con un silencio absoluto. Amelia no había puesto los cerrojos. No por descuido, sino por una sumisión silenciosa que la aterraba y la excitaba a partes iguales. Estaba tumbada en la cama, vestida solo con un camisón de seda fina que se pegaba a su piel por la humedad del ambiente.

​Había dejado la ventana entreabierta. La cortina bailaba suavemente, como un fantasma de encaje, dejando entrar el frío de la noche.

​De repente, el aire cambió. El aroma a nieve y metal llenó la habitación antes de que ella pudiera escuchar nada. Amelia no se movió; su corazón empezó a golpear sus costillas como un animal enjaulado. Cerró los ojos, esperando.

​Sintió el peso del colchón ceder. Julian no se sentó; se deslizó sobre la cama como una sombra que cobra vida, cerniéndose sobre ella. Amelia sintió el frío que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con el calor de su propia piel excitada.

​—Te dije que no cerraras —susurró Julian cerca de su oído. Su voz era un ronroneo oscuro que le recorrió la columna vertebral—. Eres una criatura obediente, Amelia. O tal vez, simplemente eres tan impaciente como yo.

​Él apoyó las manos a ambos lados de su cabeza. Amelia abrió los ojos. En la oscuridad, las pupilas de Julian estaban tan dilatadas que sus ojos parecían orbes de obsidiana pura, pero en el fondo de ellos, un brillo carmesí empezaba a encenderse.

​—Vete —logró decir ella, aunque sus manos, traicioneras, subieron hasta los hombros de Julian, aferrándose a la tela de su camisa.

​—Mientes de nuevo —dijo él. Julian bajó el rostro y empezó a trazar el borde de la mandíbula de Amelia con la punta de la nariz. Su piel estaba gélida, pero donde él tocaba, ella sentía que se quemaba—. Tu cuerpo me está gritando que me quede. Tu sangre me llama con un ritmo que me está volviendo loco.

​Él deslizó una mano hacia abajo, recorriendo el cuello de ella hasta llegar al escote del camisón. Con una lentitud tortuosa, sus dedos rozaron la parte superior de su pecho. Amelia soltó un jadeo, arqueando la espalda involuntariamente hacia su toque.

​—Eres un monstruo —susurró ella, sintiendo cómo sus ojos se llenaban de lágrimas de pura frustración y deseo.

​—Lo soy —coincidió él. Julian se inclinó y capturó el labio inferior de Amelia entre sus dientes, mordisqueando con una presión justo al borde del dolor—. Soy el monstruo que te va a arruinar para cualquier otro hombre. Soy el que va a poseer cada pensamiento tuyo hasta que no recuerdes cómo era la paz.

​Él bajó el beso hacia su cuello, justo sobre la arteria que latía con fuerza. Amelia sintió la punta de sus colmillos rozar su piel, un pinchazo de peligro que hizo que su vientre se contrajera en un espasmo de placer prohibido. Ella no se alejó; al contrario, echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole más espacio, entregándose.

​—Hazlo —suplicó ella, con la voz rota—. Haz lo que quieras, pero no te vayas. No me dejes sola otra vez.

​Esa confesión pareció romper algo en el autocontrol de Julian. Sus manos se volvieron más firmes, más posesivas, recorriendo las curvas de Amelia a través de la seda con una urgencia que no había mostrado antes. La presión de su cuerpo frío contra el de ella, tan cálido y vibrante, creaba una fricción eléctrica que llenaba la habitación.

​—No voy a dejarte, Amelia —prometió él contra su piel, su aliento gélido enviando oleadas de escalofríos por todo su cuerpo—. Te voy a encadenar a mí de formas que ni siquiera puedes imaginar. Vas a ser mi santuario y mi condena.

​Julian subió una mano hasta su cabello, enredando los dedos en los mechones castaños y obligándola a mirarlo. Sus ojos rojos brillaban ahora con una sed que no era solo de sangre, sino de posesión absoluta. Amelia se sintió pequeña, vulnerable, pero por primera vez en su vida, se sintió vista. Deseada hasta la locura.

​—Mírame —ordenó él—. Di mi nombre mientras te reclamo.

​—Julian... —susurró ella, y el nombre sonó como una oración y un pecado al mismo tiempo.

​Él la besó entonces, un beso que sabía a hierro y a deseo antiguo, un beso que le robó el aliento y la voluntad. Amelia supo en ese momento que estaba perdida. Ya no era la mujer sencilla que restauraba libros; ahora era la presa de un depredador que no pensaba soltarla jamás. Y lo peor, lo que la hacía gemir contra sus labios, era que preferiría morir en sus garras que vivir un segundo más sin su sombra.

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