Julian cumplió su palabra: esa noche no se acercó a ella. Amelia se quedó sola en la inmensa habitación, pero el silencio ya no era un refugio. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro arrugado del señor Henderson y escuchaba su voz quebrada por el teléfono. La culpa era un ácido que quemaba más que la sed.
"Tengo que hacer algo", pensó, apretando los puños. "Si no puedo salir, tengo que llegar a él de otra forma".
Se sentó en el centro de la cama, cruzando las piernas en una posición d