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Sed de tus labios
Sed de tus labios
Por: Giulian Hoks
Capítulo 1: El peso de una mirada

​La soledad siempre había sido el refugio más seguro de Amelia. Para ella, el silencio no era un vacío, sino un lienzo donde su mente podía descansar del caos del mundo exterior. Sin embargo, esa noche de martes, el silencio no era pacífico. Era denso, casi sólido, como si las paredes de su apartamento hubieran encogido unos pocos centímetros, atrapándola en un espacio que ya no se sentía del todo suyo.

​Eran las 11:11 PM. El reloj digital sobre la repisa de la chimenea proyectaba un brillo azulado que se mezclaba con la estela blanquecina del humidificador. El vapor de lavanda, que usualmente la ayudaba a conciliar el sueño, esa noche le sabía amargo en la garganta, con un regusto metálico que no lograba explicar.

​Amelia intentó concentrarse en su libro. Era una edición antigua de poemas románticos que estaba restaurando para la librería donde trabajaba. Sus dedos, enguantados en seda blanca para proteger el papel quebradizo, pasaron una hoja con un crujido suave. Pero el poema de Byron quedó a medias. Un escalofrío súbito le recorrió la nuca, un erizo de vellos que se levantaron de golpe bajo el peso de una mirada que no debería existir.

​Esa sensación de nuevo. La misma de las últimas tres noches. La sensación de que el aire en la habitación estaba siendo compartido.

​Cerró el libro con un golpe seco que resonó como un disparo en el salón. Sus ojos, grandes y de un castaño nervioso, recorrieron el lugar. El sillón orejero estaba vacío; sus plantas, las costillas de Adán y los helechos, permanecían inmóviles bajo la luz tenue; la ventana que daba a la calle oscura estaba cerrada con el seguro puesto. Nada había cambiado. Y, sin embargo, todo se sentía profanado.

​—Estás cansada, Amelia —susurró, tratando de convencerse. Su propia voz le sonó ajena, como si rebotara en una superficie que no era su pared.

​Se levantó con movimientos rígidos. El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos, un sonido que habitualmente la reconfortaba pero que ahora la hacía sentir expuesta. Necesitaba agua. El camino a la cocina era corto, apenas un pasillo flanqueado por fotos en blanco y negro y un espejo de cuerpo entero con marco dorado que perteneció a su abuela.

​Al pasar frente al espejo, se detuvo en seco. Su reflejo estaba allí: pálida, con el cabello castaño cayendo sobre sus hombros y la respiración agitada. Pero por un milisegundo, creyó ver algo más. Una sombra, una mancha de oscuridad absoluta, mucho más alta que ella, fundiéndose con el rincón oscuro justo detrás de su hombro izquierdo.

​Se giró con el corazón martilleando contra sus costillas, lista para gritar. Pero no había nadie. Solo la esquina vacía y el eco de su propia agitación.

​—No hay nadie —se repitió, aunque sus manos ya temblaban sin control mientras sostenía el vaso bajo el grifo. El agua salía fría, pero ella sentía la piel ardiendo, como si una fiebre invisible la estuviera consumiendo.

​Bebió el agua de un trago, sintiendo cómo el líquido bajaba por su garganta como hielo. Cuando regresó al salón, con la intención de apagar las luces y refugiarse bajo las sábanas, sus ojos se clavaron en la mesa de centro. El vaso vacío se le resbaló de los dedos, cayendo sobre la alfombra con un golpe sordo.

​En el centro exacto de la mesa, sobre el posavasos de madera donde antes solo estaba su libro, descansaba una rosa.

​No era una rosa normal. Era de un negro tan profundo que parecía haber sido tallada en la medianoche misma, pero los bordes de sus pétalos estaban teñidos de un rojo carmesí tan intenso que parecía sangre fresca, a punto de gotear. No tenía espinas. Su tallo era liso, casi artificial en su perfección. El aroma que desprendía inundó sus sentidos al instante: era una mezcla embriagadora de dulzura floral, tierra húmeda de cementerio y ese olor metálico que la había estado persiguiendo toda la noche.

​Amelia se acercó, atraída por una fuerza que no podía resistir. Tomó la flor entre sus dedos temblantes. Estaba helada, como si acabara de ser arrancada de un jardín en el Ártico. Al rozar el borde rojo de un pétalo, sintió un pinchazo eléctrico que le recorrió el brazo.

​—¿Hola? —gritó, su voz rompiéndose en un sollozo ahogado—. ¡Sé que estás aquí! ¡Sal!

​Nadie respondió. Solo el zumbido constante del humidificador y el latido desbocado de su propio corazón.

​En un arrebato de pánico y valentía, corrió hacia la ventana principal y apartó la cortina de terciopelo. La calle estaba desierta, bañada por la luz amarillenta y mortecina de una farola intermitente que luchaba contra la niebla. Pero entonces, su mirada se detuvo en la acera de enfrente.

​Bajo la sombra de un roble viejo, cuya silueta parecía un gigante retorcido, había un hombre.

​No se movía. No caminaba. Simplemente estaba allí, de pie, como una estatua de obsidiana. Vestía un abrigo largo y oscuro que parecía absorber la poca luz que la farola proyectaba, haciéndolo parecer parte de la misma oscuridad. Amelia no podía distinguir sus rasgos faciales, pero no necesitaba ver sus ojos para saber que él la estaba mirando. Podía sentir la presión de su atención en su piel, un calor oscuro que la envolvía a pesar del cristal de la ventana. Eran dos puntos de una intensidad eléctrica, fijos en ella con una fijeza depredadora, devorándola a la distancia.

​Ella retrocedió, soltando la cortina como si la tela estuviera en llamas. Se desplomó contra la pared, con la respiración entrecortada y el pecho doliéndole por el esfuerzo de no llorar. El miedo era real, punzante y gélido, pero bajo esa capa de terror, una extraña y oscura curiosidad la invadió. Había algo en esa presencia que, a pesar del peligro evidente, se sentía... destinado.

​Esa noche, Amelia no durmió. Cerró la puerta con tres cerrojos, atrancó la entrada con una silla y se encerró en su habitación, dejando todas las luces encendidas. Se quedó sentada en la cama, sosteniendo la rosa negra contra su pecho, sintiendo cómo el frío de la flor se filtraba hasta su corazón.

​Lo que Amelia no sabía, mientras vigilaba la puerta de su cuarto con ojos enrojecidos por el cansancio, era que Julian ya no necesitaba puertas para entrar. Él no era un intruso común; él era una marea que no podía detenerse. Ya estaba dentro de su mente, moviéndose entre sus recuerdos y sus deseos más inconfesables.

​Y lo más aterrador de todo, lo que realmente la hizo temblar mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, no era que ese monstruo estuviera allí fuera acechándola... sino que, por primera vez en toda su vida, Amelia ya no se sentía sola. Y una parte de ella, una parte oscura y hambrienta que ella no sabía que poseía, no quería volver a estarlo nunca más.

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