Amelia despertó no por el sonido de una alarma, sino por el silencio sepulcral de la mansión. No había canto de pájaros, ni el rumor del tráfico matutino, ni el aroma a café que solía marcar sus mañanas. Solo había sombras.
Se sentó en la inmensa cama de dosel, sintiendo la suavidad del terciopelo contra su piel desnuda. Su blusa de trabajo yacía en el suelo como el cadáver de su vida anterior. Al mirarse las manos, notó que sus uñas tenían un brillo nacarado y sus venas, antes azuladas, ahor